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-Hermano, sé que eres hombre recto
y que estás orgulloso de eso. Pero plantéate una pregunta: ¿Por qué
hay que decir la verdad? ¿Qué es lo que nos ata a ella? ¿Y por qué
creemos en realidad que la veracidad es una virtud? Imagínate que te
topas con un loco que te dice que es un pescado y que todos somos
pescados. ¿Vas a discutir con él? ¿Te vas a desnudar delante de él
para enseñarle que no tienes aletas? ¿Le vas a decir cara a cara lo
que piensas? ¿Dime?
El hermano permaneció en silencio y
Eduard continuó:
-Si no le dijeses más que la verdad,
lo que realmente piensas de él, establecerías un diálogo en serio
con un loco y tú mismo te convertirías en un loco. Y así es como
funciona el mundo que nos rodea. Si insistiese en decirle la verdad
cara a cara, eso significaría que me lo tomo en serio. Y tomarse en
serio algo tan poco serio significa perder la seriedad. Yo, hermano,
tengo que mentir si no quiero tomarme en serio a los locos y
convertirme yo mismo en uno de los locos.
Milan Kundera, El libro de los amores ridículos
I.
Compulsión
No sabría decir cuándo había empezado
todo. Desde niño, desde que tenía memoria, se recordaba rascándose
furtivamente. A veces en las piernas, otras en las ingles, el cuello,
los brazos, la cabeza, presa de un furor incontenible. Y claro, la
piel enrojecida le delataba de inmediato. Entonces era peor. Ante la
preocupación de sus padres, la reprobación de los médicos, la burla
de sus compañeros o la sorpresa de los transeúntes, el deseo de
rascarse se transformaba en un impulso rayano en la tortura. Se
acababan los disimulos y el alivio sólo se alcanzaba un punto por
debajo del puro desuello.
Así las cosas, transcurrían los años y parecía
abocado a vivirlos como mera comparsa de los otros, protagonista
sólo de su vicio y aislado por culpa de éste. Su familia le trataba
con condescendencia, dándolo por caso perdido, y la gente rehuía sus
ojos cargados de culpa, sus manos cautivas del frenesí que obraba al
dictado de involuntarias órdenes y, sobre todo, aquel mapamundi que
mostraba su cuerpo entero: centímetros de fronteras tenazmente
marcadas por pellejos, escoriaciones, escaras y otras muchas
variantes de agresión cutánea que se convertían, por la textura y el
color, en improvisadas depresiones, cadenas montañosas y ríos a la
búsqueda de un cauce que horadar.
Un día, en la terapia de neuróticos y
autolesionadores a la que asistía, más que nada por complacer a sus
atribulados padres, reconoció a su media naranja al primer golpe de
vista. Lucía una manera de enarcar las cejas, cerrar los ojos y
arrugar la nariz al mismo tiempo una docena de veces por segundo que
se le antojó adorable. Salieron de allí cogidos de la mano y
dispuestos a reconocer su amor ante las respectivas familias que,
incrédulas, no supieron si reír, enojarse, respirar aliviadas o
añadir una fuente de aprensión a su ya crecido pozo de desasosiego.
El caso es que, una vez juntos, comenzaron a mostrar una capacidad
para tomar decisiones desconocidas hasta entonces incluso ante ellos
mismos. Alquilaron un piso y comenzaron su vida en común. Él, desde
siempre aficionado a la informática (paliativo de su impuesta
soledad), encontró trabajo en las oficinas traseras de un polígono
industrial de la periferia, donde clasificaba expedientes y facturas
sin que nadie le impidiera rascarse a gusto. Desarrolló una
habilidad especial para rascarse con la mano izquierda mientras
tecleaba el ordenador con la derecha y viceversa, sin que su labor
de resintiera por ello. En cuanto a su amada, hacía arreglos de
costura para unos grandes almacenes. Dicha tarea no le obligaba a
salir de casa, y ni al género ni a los útiles de labor les afectaba
el movimiento espasmódico de su rostro.
Algunos días, dichosos como eran, miraban a su
alrededor y no encontraban con quién compararse. Conocían parejas
que se buscaban para provocar discusiones por los asuntos más nimios;
parejas que se espiaban mutuamente sospechando terribles
infidelidades, fundadas o no, el uno del otro; maridos que no vivían
sino para lavar el coche cada sábado; mujeres que se lamentaban de
tener que ocuparse de la casa y se lamentaban de no saber qué hacer
con su tiempo libre; maridos obsesionados con el bricolaje y mujeres
obsesionadas con la dieta; maridos y mujeres obsesionados con el
porvenir de sus hijos. ¿Acaso no eran éstas y otras manifestaciones
similares visibles fisuras del sistema nervioso? ¿Grietas por donde
emergía la incapacidad para vivir de un modo más pleno? A la hora de
la verdad y, aunque el mundo entero les compadeciera, ¿quiénes se
encontraban más cerca de la felicidad que proporciona la plácida
vida en común?
El embarazo no les pilló de sorpresa. De hecho,
cada vez que el feto se agitaba en la barriga con un nerviosismo
mayor del que cabe esperar en estas situaciones, ambos se dedicaban
una sonrisa cómplice. Estarían muy orgullosos, sí, del tic
compulsivo que desarrollara su retoño, cualquiera que éste fuese.
II.
Estrés
-Pues sí, soy ingeniero. Estudié en el
extranjero y volví a mi país a trabajar en una empresa que se
instaló allí, gracias a capital foráneo, con intención de modernizar
(más bien crear) infraestructuras: carreteras, puentes, tendido
eléctrico, ya sabe. Me casé y tuve dos hijos. Vivíamos en un chalet
en las afueras de la capital, un barrio construido ex profeso para
las élites reclutadas por el gobierno: ingenieros, médicos,
arquitectos... aquello duró unos cuantos años, hasta que los
escarceos de las tribus se hicieron más frecuentes y nos dimos
cuenta de que su amenaza de acabar con este nuevo orden en nombre de
no sé qué atavismos era real. Formaron un verdadero ejército nutrido
incluso de tribus tradicionalmente rivales, abandonaron sus poblados
y emprendieron la marcha hacia la capital. El contrabando de armas y
algunos países interesados en que nuestra incipiente prosperidad
pasara a la historia se encargaron del resto. Derrocaron el gobierno,
prendieron fuego a la ciudad entera, mataron a mi mujer y a mis
hijos. A los hombres nos mantenían con vida, desconozco la razón.
Nos hacinaron en un calabozo infecto, donde nos molían a golpes. No
me pregunte cómo escapé de aquel infierno. Me volví audaz, puesto
que no tenía nada que perder. Conseguí embarcar como polizón en un
carguero y llegué hasta este lado del mundo, a pesar de que el calor,
el hambre y la sed durante la travesía me atormentaron más aún que
estando preso. Por fin desembarqué aquí y conseguí un empleo en el
campo, no sin antes trabajar como esclavo para una mafia dirigida
por mis propios compatriotas, que en una ocasión me sodomizaron.
Recojo lechugas de sol a sol junto con otros desgraciados por un
sueldo mísero y un jergón en una covacha. El patrón amenaza con
denunciarnos si nos quejamos porque no tenemos papeles. El dinero de
esta consulta es el sueldo de... he perdido la cuenta de las horas.
Aun así, tenía que venir. He oído que su fama es ilimitada. Que
cuantos acuden a usted sanan. Sufro de estrés, provocado sin duda
por la acumulación de penalidades pasadas y presentes. Me sudan las
manos, me dan mareos y no puedo trabajar. Tengo que curarme, si no
perderé mi empleo y entonces sí, doctor, entonces no veo más salida
que la muerte. No me quedan fuerzas para seguir luchando. Siento que
el ciclo de mi vida se cierra y no voy a poder evitarlo. Morir bien
podría ser un consuelo, pero ser consciente de ello me aterra a
pesar de todo. Es usted mi última esperanza. Ayúdeme, por favor.
Tiene que hacerlo.
El médico levantó la vista de su escritorio,
adonde se había vuelto rehuyendo la súplica final, desesperada, que
surgía no sólo de la voz del paciente, sino también de su mirada.
Conocía bien esa mirada que antecedía al naufragio; esas pupilas a
un paso del irremisible vértigo que, si no se actuaba con urgencia,
acabaría engulléndolas. Sus ojos, por el contrario, permanecían
fríos y neutros. Cuando por fin se cruzaron con los que le
aguardaban ansiosos desde el otro lado de la mesa, un silencio
espeso invadió la sala durante varios minutos que a ambos les
parecieron siglos. Al cabo, con voz igualmente neutra, de
facultativo dispuesto a mantenerse en su distante papel a toda costa,
habló:
-Caballero... el suyo es un caso extraño y
difícil, sí. Muy difícil de tratar. Quien le haya recomendado mi
consulta sabe que, en efecto, soy especialista en la superación del
estrés. Mas los cuadros clínicos con los que yo me he ido
encontrando en mis años de ejercicio no tienen nada que ver con el
suyo. Es más: le confieso que es la primera vez que me encuentro con
un caso así.
-Entonces...
-Déjeme continuar, por favor. Quiero relatarle
brevemente las patologías que mis pacientes han ido superando hasta
la fecha, para que se haga una idea: el estrés provocado por el
tráfico y los accidentes automovilísticos; la competitividad en la
empresa y el mercado laboral; la necesidad de proyectar una imagen
social y profesional triunfante; el pánico al fracaso, relacionada
con la anterior; la crisis de los cuarenta, y la de los cincuenta;
el vacío existencial producido por hábitos de consumo desenfrenados;
la frustración generada tras años de vida sexual deficiente o
anodina. ¿Se da usted cuenta?
-¿De qué debo darme cuenta, doctor? –la voz del
enfermo, muy a su pesar, delataba una angustiosa amargura.
-De que todos los ejemplos que le estoy
proporcionando tienen que ver con las exigencias de la vida moderna
en los países occidentales. Ni uno solo de mis pacientes, ¡ni uno!,
procede de un medio como el suyo, donde los términos hostilidad y
agresividad cobran un significado mucho más... material y menos
metafísico, para entendernos. De hecho, dudo de que alguno de ellos
hubiera resistido con vida las extremas e inhumanas situaciones que
usted me ha relatado, y que pondrían a prueba a los mismísimos
titanes.
-Razón de más para que la solución a mi
dolencia no sea complicada, ¿no cree? –se entreveía ahora un tono de
máxima humillación. Nunca, en el recuento de las vejaciones sufridas,
hubiera soñado con una situación como la que estaba viviendo.
-Querido amigo –se defendió el psiquiatra sin
modificar un ápice la asepsia de su voz-, eso es lo que usted se
figura. Lo que estoy intentando decirle es que no puedo tratarle. ¿Entiende?
Su mal no es mi especialidad. No puedo hacer nada por usted, vaya.
Lo siento, pero es así. ¿Está claro ahora? -...
-Mire, esto... no se lo tome a mal –por primera
vez, un leve temblor sacudió su compostura y le obligó a extraviar
de nuevo la mirada-. Le voy a recetar un ansiolítico que le ayudará
a controlar los temblores y los mareos mientras busca a otro
especialista. Yo mismo le remitiría a uno, pero todos mis colegas
están en la misma onda que yo. Aquí en provincias, mucho me temo, no
va a encontrar a nadie que pueda tratarle. Ah, y no le cobraré la
consulta, así podrá guardar ese dinero que tanto le ha costado ganar.
¿De acuerdo?
El timbre del teléfono dejó la respuesta en
suspenso. El médico no pudo evitar un resoplido de alivio mientras
descolgaba.
-Puede usted marcharse... ¿sí?... hola Carlos,
te he dicho que no me llames en horas de consulta... ¿que tú ya has
terminado por hoy? Qué afortunado eres –una jovialidad un tanto
forzada se fue abriendo camino mientras el sillón giratorio se
volvía hacia la ventana, de espaldas al paciente que, haciendo caso
omiso de la despedida, permanecía inmóvil su asiento-. Sí, he
reservado la pista para las cuatro... de tierra, claro. Ya sabes que
a mí el césped no se me da bien... me pienso tomar la revancha por
lo del otro día...
................................................................................................
La enfermera testificó que había visto
salir del despacho a un hombre alto y delgado, de raza negra,
enfundado en un equipo de tenis impecablemente blanco y con
zapatillas a juego (todo un tanto ajustado para su talla, es cierto,
aunque en aquel momento, por encontrarse ocupada, no le pareció
sospechoso), bolsa de deporte y raqueta al hombro. Había sido la
compañera quien lo recibiera aproximadamente veinte minutos antes,
así que no tuvo ocasión de comprobar si el mencionado individuo
vestía distinta ropa de la que llevaba cuando entró en la consulta.
La enfermera declaró que, al pasar por delante de su escritorio, le
dedicó una sonrisa tan inmaculada como su atuendo y pronunció un
ceremonioso “buenas tardes”. Luego se esfumó por el hueco de la
escalera, y desde entonces nadie lo había vuelto a ver.
III. Paranoia
-Píenselo, señora –repitió aquel
individuo de aspecto desagradable a pesar de su atildada apariencia,
remachando cada sílaba con su aliento.
-No tengo nada que pensar –le repliqué,
alejando instintivamente mi rostro de aquella boca sinuosa-. Mi hijo
no es una mercancía y no está en edad de ganar dinero. Déjeme en paz.
-Está usted perdiéndose una oportunidad de oro
–insistió la boca, esta vez desde la distancia porque yo ya me había
levantado y empujaba la sillita del niño en dirección a la puerta de
entrada. No me molesté en contestar.
Aquel sujeto había conseguido estropear nuestro
paseo diario por el parque. El niño parecía salido de un catálogo,
eso ya me lo había dicho mucha gente. Tan sano, sonrosado y gordito
a sus nueve meses. Cada mañana volvía a casa orgullosa de la
admiración que despertaba. Aquel día, sin embargo, sólo sentía rabia,
aunque no tanta como para escatimarle una sonrisa cuando sus
inocentes ojos se cruzaron con los míos, lanzándome una inequívoca
señal de que me relajara.
-Tú no, cariño –le dije-. Nadie te hará una
sesión fotográfica para vender pañales, potitos o quién sabe qué. No
tendrás unos padres inconscientes, dispuestos a exhibirte por ahí
con tal de ganar cuartos –en algún país que no era capaz de recordar,
probablemente escandinavo, ya se había prohibido el uso de bebés en
la publicidad. Aquí todavía quedaba bastante para eso...
Por fin en casa. En el buzón, otra vez, aquel
mensaje zalamero, no por ello menos ominoso, de la consabida
inmobiliaria: Estamos interesados en comprar su vivienda. Si desea
venderla, póngase en contacto con nosotros en el número... pregunte
por la señorita... Desde hacía medio año por lo menos, recibíamos
misivas de este cariz. Vivimos en un edificio viejo pero sólido,
estilo modernista, de tan sólo cuatro alturas y un jardincillo muy
coqueto alrededor, que en otros tiempos se ubicaba en las afueras de
la ciudad. Ahora, por culpa de la especulación y las remodelaciones
urbanísticas, aquello se había convertido en la zona de moda y las
constructoras trataban a toda costa de convencernos, a nosotros y al
resto de propietarios, para que vendiéramos. Así, les dejaríamos el
terreno libre para levantar una mole horrenda, por supuesto sin
jardín ni galerías con cristales decorados, ni techos abovedados, ni
pizca de gusto. Arrojé el papel con rabia a la papelera de la
entrada. Advertí que el vecino de enfrente, que salía en aquel
momento, me lanzaba una mirada llena de rencor. Si yo no vendía, eso
estaba claro, él tendría que aguantarse con su hermosa casa y no
podría hacerse con una de esas cajas de cerillas que nos ofrecían a
cambio, llena de habitaciones minúsculas y ventanitas de aluminio (mas
una suculenta suma de compensación). Que se fastidie, pensé. Algún
día me dará las gracias por haberle impedido desprenderse de la
porción de belleza que la vida le asignaba sin intereses ni burdos
sobornos. ¿Cómo se calcula un bien semejante? ¿Quién podría pagarlo?
Sin darle oportunidad de rectificar, cogí en voladas la silla del
niño y subí los escalones de un tirón, casi sin aliento.
Aturdida por el esfuerzo y empapada de sudor,
me asaltó una duda que ya se me había presentado en ocasiones
anteriores: ¿los hechos suceden porque sí o es cada cual, con la
interpretación que les confiere, quien provoca que acontezcan? Dicho
de otro modo: ¿de verdad me había lanzado el vecino, por lo demás
siempre agradable y solícito aunque no coincidiéramos en nuestros
gustos, aquella mirada poco amistosa, o había sido producto de mi
propia imaginación, negativamente alterada por el episodio anterior?
Y aquel pobre infeliz que me había abordado en el parque, ¿tenía la
cara de pederasta o secuestrador de niños con que yo lo recordaba, o
era más bien un oscuro comercial que, obligado a llevarles el pan a
sus hijos, no encontraba otra manera de hacerlo? De cualquier modo,
yo estaba incómoda, terriblemente incómoda. Invadida, sí, esa era la
sensación. Respiré hondo mientras metía la llave en la cerradura,
tratando de recuperar una visión equilibrada de las cosas.
Antes de que me diera tiempo a desatar al niño,
sonó el teléfono. Esperaba una llamada, así que corrí a cogerlo.
-¿Diga?
-¿La señora de...?
-Sí –no era la llamada que esperaba. Me temía
lo peor y, por desgracia, no me equivocaba.
-Encantada de hablar con usted. Ha sido
agraciada con un premio excepcional por parte de nuestra empresa: un
fin de semana, con su marido, en uno de nuestros apartamentos de la
costa...
Colgué sin más miramientos. Cretino, espeté al
aparato, que te dedicas a engañar a la gente. Ya sabía lo que
implicaba la estafa de los apartamentos pagados: te secuestraban
durante gran parte del tiempo de la estancia y no te soltaban hasta
que compraras un juego de mantas, una batería de cocina y otras
tantas chucherías inservibles. Si te negabas, seguro que te iban
cortando distintas partes del cuerpo en represalia: primero una mano,
luego una oreja, y así. Me notaba roja de indignación. Mi pequeño,
contagiado seguramente por mi creciente ansiedad, comenzó a llorar.
Me apresuré a cogerlo y consolarlo.
A medida que los dos nos íbamos calmando, se
oyó el timbre de la puerta y mi primera reacción fue no abrir, pues
la lógica con que había intentado dar sentido minutos antes a lo que
estaba sucediendo me había abandonado por completo. Su obstinado
sonar consiguió que el crío se echase a llorar de nuevo. Me sentía
irritada, amenazada de un modo abstracto por no sé qué fuerzas
extrañas que minaban hasta mi facultad de razonar. Como no podía
soportarlo más, me asomé a la mirilla todo lo sigilosamente que pude.
Una enorme mancha amarilla, veteada de azul en el flanco izquierdo y
coronada por una cabeza humana horriblemente desfigurada, la nariz
hundida y los ojos montados sobre la boca, me observaba desde el
otro lado. Sin querer, se me vinieron a la cabeza espejos
deformantes, máscaras guerreras de la antigüedad, cubismo y
abstracción, expresionismo alemán, zombies de telefilme barato pero
efectivo (mi vida, pensé, está en exceso cargada de estímulos que
ahora me azuzan la imaginación de un modo exagerado). Por poco
pierdo el equilibrio.
-Soy el cartero, señora –contestó al fin una
voz aburrida. He subido a traerle este paquete porque no cabía en el
buzón. Si hace el favor de abrir la pueeeerta...
Mitad avergonzada,
mitad impresionada todavía por los efectos de las visiones
superpuestas y desordenadas que yo misma había conjurado, balbuceé
como pude un “muchas gracias” y así el paquete con la mano que me
quedaba libre. Se trataba de un voluminoso catálogo con las últimas
novedades en... ¡ropa para bebés! Yo que había evitado a toda costa
desvelar mis datos a cuantas marcas comerciales prometían seis meses
de papillas gratis, o un saquito de dormir, o participar en el
sorteo de un viaje a un parque temático, me encontraba de pronto con
que gran parte de la humanidad conocía la existencia de mi pequeño y
pretendía integrarlo, a toda costa, en el demoníaco círculo de
consumo que nos asediaba. Sin poder evitarlo, prorrumpí en una
carcajada incongruente, histriónica, pueril. El niño dio un respingo
que le cortó el llanto de golpe, y el cartero, que ya se encontraba
en el rellano entre el segundo y el tercer piso, volvió la cabeza,
quizá para confirmar lo que ya se temía: que aquella señora estaba
un poco gaga. Puede que no ande desencaminado; o yo no entiendo
nada, o el mundo exterior se ha confabulado para apoderarse de mi
minúsculo, inofensivo y banal universo.
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