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Hace poco cayó en mis manos el libro “Gravitaciones Teatrales” de
Maricel Mayor Marsán, una colección de seis obras de teatro breve
con un fuerte mensaje social y filosófico. Su lectura entretuvo mi
imaginación y me llevó a esta (resumida) reflexión sobre el teatro en
pequeño formato.
Aunque las obra mayores casi siempre se llevan los aplausos y las
obras breves quedan a menudo injustamente relegadas, acumulando polvo
en la buhardilla de la memoria colectiva, es mi opinión que el teatro
en pequeño formato no es un género menor, no es menos teatro, y no
merece menos atención que su hermana mayor. El teatro breve es
simplemente una forma de expresión diferente creada por autores que
ponen su talento al servicio de pequeñas piezas en busca de nuevas
posibilidades creativas. Durante una larga y compleja historia de
altibajos, este género ha disfrutado de los favores de grandes autores
dramáticos, ha desaparecido y reaparecido de la escena, ha obtenido
los favores del público y también su desdén. Lo cierto es que desde la
Edad Media hasta nuestros días el teatro breve se ha mantenido en un
firme papel secundario ofreciendo a creadores y audiencia una
interesante alternativa dramática.
La única pieza de teatro conservada en lengua romance castellana,
anterior al siglo XV, es precisamente una obra de teatro breve: El
Auto o Misterio de los Reyes Magos cuya autoría y circunstancias nos
son desconocidas. De hecho, muchos consideran que fue a través de
representaciones de carácter religioso, durante la oscura Edad Media,
cuando se plantó la semilla del teatro breve en España. Uno de los
géneros más conocidos era el auto que tenía lugar en las iglesias y
consistía en la escenificación de episodios bíblicos representados
sobre todo en las festividades de Navidad, Semana Santa o el “Corpus
Christi”. También se tiene constancia de la existencia de primitivos
tropos, o breves textos cantados que se interpolaban dentro de la
liturgia, y que poco a poco empezaron a incluir elementos populares y
salieron a las plazas de los pueblos donde las gentes los acogieron
con sincero entusiasmo.
Fue la creación de nuevas formas teatrales, la extraordinaria
producción dramática y la genialidad de sus autores lo que convierte
al teatro en un arte imprescindible durante el Siglo de Oro Español.
Las representaciones teatrales eran nuestra televisión, nuestro cine,
nuestra radio, nuestro Internet... un espectáculo al que el pueblo
acudía en masa en busca de distracción y desahogo, esperando ver
historias de amantes desesperados, maridos cornudos, farsantes,
alcahuetas y engaños que reflejaban simple y llanamente las
tribulaciones diarias de los espectadores, sus miedos, pasiones y
rutinas. Tanto las obras largas como las piezas breves eran acogidas
con entusiasmo o criticadas sin piedad. La audiencia aplaudía a rabiar
o lanzaba objetos a los actores, y anticipaba las nuevas obras como
una de las escasas formas de distracción accesibles en una época en la
que resultaba muy duro vivir. Los autores escribían constantemente,
vendían sus obras al mejor postor y las compañías teatrales se
multiplicaron a lo largo y ancho del país. De Lope de Rueda a Calderón
de la Barca, durante este siglo genial, el teatro en pequeño formato
floreció, adquirió su propio carisma y se hizo indispensable en los
populares corrales de comedias antes, durante y después de la
representación de la obra principal. Los formatos breves que nacieron
en este época aun continúan siendo usados y admirados a día de hoy.
Formas tan originales como el entremés, el sainete, la loa, la jácara
o la mojiganga adquieren vida propia, entreteniendo diversos géneros,
cumpliendo diferentes cometidos y abordando diferentes temáticas. La
Loa o alabanza, por ejemplo, tenía como función principal entretener a
la audiencia antes del comienzo de la obra principal e incluía
comentarios sobre la ciudad en la que se actuaba y los actores de la
compañía. El entremés, como su propio nombre indica, estaba diseñado
para entretener al público en los entreactos de la obra principal, sus
personajes eran rústicos y abordaban temas y situaciones desde un
punto de vista grotesco. El romance cantado o jácara narraba las
fechorías y castigos de malhechores y presidiarios representando un
mundo oscuro y degradado. La mojiganga, mezcla de desfile, baile y
mascarada, representaba una realidad caricaturesca que se trasladó de
las calles a los corrales de comedias y en la que a menudo
participaban no solo los cómicos sino también el propio público.
Considerado fundador del teatro español y precursor del Siglo de Oro,
Lope de Rueda se hace famoso, en parte, por la creación de una forma
de teatro en pequeño formato bautizada con el nombre de pasos. Un paso
era una obra breve que entretenía al respetable antes de la obra
principal y también en los entreactos. Los pasos estaban escritos en
prosa, con un lenguaje popular, y plagados de personajes
costumbristas, enredos y picardías que campaban libremente por el
escenario con la intención de provocar risas y burlas. Los personajes
del paso eran casi siempre de bajo estrato social, desarrollados de
manera extremadamente realista, y las situaciones anécdotas y chistes
extraídos de la misma sociedad. Lope de Rueda supo captar en estas
rústicas obrillas el espíritu de su tiempo y generar una fuerte
conexión con los espectadores que se veían reflejados en sus populares
farsas. Los pasos son el precedente más claro de otro importante
formato breve: el entremés.
En el siglo XVII el teatro popular dará origen al teatro barroco. Su
gran impulsor es Lope de Vega que renueva y consolida la fórmula
teatral dándole el nombre de Comedia Nueva para distinguirla de la
obra clásica. De la escuela de Lope surgieron geniales dramaturgos
como Tirso de Molina y Pedro Calderón de la Barca, ambos autores de
numerosas piezas en pequeño formato. La obra de Calderón, en
particular, supone la culminación del teatro español del Siglo de Oro
con obras mayores como “La dama duende”, “La vida es sueño” o “El
alcalde de Zalamea”, pero su trabajo incluye también mojigangas,
entremeses, jácaras y 78 autos sacramentales. El auto sacramental, que
enlaza con la tradición del auto medieval, era una representación
dramática en un solo acto, de carácter didáctico y alegórico, referida
al misterio de la eucaristía y exaltación de la fe que se
representaban en las calles durante la festividad del Corpus Christi.
Entre sus autos se encuentran títulos como “La devoción de la misa”,
“La protestación de la fe”, “El veneno y la triaca” o “El gran teatro
del mundo”, esta última considerada por muchos como la culminación del
género.
Durante el siglo XVII el entremés disfrutó de una tremenda
popularidad. Luis Quiñones de Benavente le dio cierto prestigio al
género, creando interesantes modalidades como el baile entremesado, la
loa bailable y el entremés cantado, pero es sin duda Miguel de
Cervantes, genial autor de “Don Quijote de la Mancha”, quien está
considerado como su gran maestro. Los entremeses Cervantinos abordan
el género desde un punto de vista completamente diferente, renuevan la
temática con una exquisita inteligencia y afrontan temas populares
como la hipocresía social, el marido burlado, la honra o la rivalidad
amorosa. Cervantes juega con la realidad y la ficción, y aprovecha la
libertad creativa y la brevedad del entremés para afinar al máximo su
natural ironía. Los entremeses Cervantinos presentan, en un solo acto,
personajes típicos pero no dudan en incorporar sutiles críticas a la
sociedad de su tiempo con un nivel de preciosismo muy superior al que
habían disfrutados los pasos. Tal vez por su crítica social, o tal vez
por su novedosa aproximación a los temas populares, los ingeniosos
entremeses de Cervantes nunca fueron representados en vida del autor.
Hoy sin embargo “El juez de los divorcios”, “El rufián viudo”, “La
cueva de Salamanca”,“La elección de alcaldes de Daganzo”, El vizcaíno
fingido” o “El retablo de las maravillas” se cuentan entre los
clásicos indiscutibles del teatro breve Español.
Otros maestros como Francisco de Quevedo cuentan con interesantes
entremeses en su obra, y a partir de la mitad del siglo XVII, las
ediciones impresas de entremeses se hacen frecuentes aunque la mayoría
de los publicados son dramaturgos consagrados, como Lope o Tirso de
Molina.
El siglo XVIII trae de la mano el teatro neoclásico que refleja
fielmente las tensiones sociales, culturales y artísticas de la época
y que no dará lugar a la producción de tantas y tan originales piezas
breves. En este tiempo se empiezan a producir ataques contra el teatro
barroco que culminan en la prohibición de los autos sacramentales y
las comedias religiosas hacia 1765, mientras que los populares
entremeses son gradualmente eliminados de las representaciones desde
1770. Sin embargo, algunos autores de prestigio como Ramón de la Cruz
o Juan Ignacio González del Castillo siguen creando pequeñas piezas.
De la Cruz en particular escribe más de 350 sainetes, obras de
carácter dramático burlesco en un solo acto derivado del entremés
barroco que acentuaban el costumbrismo y la intención moral. El
sainete fue evolucionando desde la forma clásica del maestro de la
Cruz hasta el sainete moderno representado por Ricardo de la Vega a
finales del XIX, pasando por la afinada pluma de Carlos Arniches que
reflejó con humor las costumbres del Madrid de la época. También a
finales del XIX, Jacinto Benavente debuta en el mundo del teatro con
una colección de cuatro obras breves reunidas bajo el nombre de Teatro
fantástico cuya influencia llegaría hasta la Generación del 27
inspirando a autores como García Lorca, otro genio interesado en el
teatro en pequeño formato.
Y pienso, entre los primeros pasos de Lope de Rueda y las
“Gravitaciones Teatrales” de Mayor Marsán han pasado casi seis siglos
por los que el teatro breve se ha deslizado como un soplo
transformándose y adaptándose a cada época. Seis siglos de los que
sería muy difícil dar detallada cuenta en este modesto artículo y con
los que podríamos continuar divagando durante varias paginas, quizás
indefinidamente. Baste saber que este formato genial ha llegado casi
intacto a nuestros días extendiéndose de la mano de diferentes
corrientes teatrales diversificado y enriquecido con nuevos temas,
tonos, estilos y técnicas de vanguardia. Baste recordar que hoy
innumerables autores noveles eligen este formato para experimentar,
lanzar mensajes de carácter social o político y disfrutar de una
libertad creativa difícil de alcanzar en una obra convencional. El
teatro breve en español florece en España, en Latinoamérica y en
Estados Unidos, se publican nuevas ediciones, se compra en las
librerías, se representa en universidades y teatros, y muchos lo
celebramos como un género que nada tiene que envidiar a la obra mayor.
Bibliografía:
“El Teatro Breve en la Edad de
Oro” Javier Huerta Calvo
“Teatro
Breve del Siglo de Oro”
Antonio Rey Hazas
“Antología
del Teatro Breve Español (1898–1940)”
Eduardo Pérez–Rasilla
“Historia
Del Teatro Español Desde Sus Orígenes Hasta 1900”
Francisco Ruiz Ramón.
“El Auto Sacramental”
Ignacio Arellano y J. Enrique Duarte
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