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Llegaron por
mar desde España y eran sobrevivientes de la guerra civil. Manolito
decía que de milagro; como aquella otra vez... de la que le había
contado su padre; sin un aviso previo. Un dinamitero nacionalista,
no dejó, de la posada, piedra sobre piedra. El mismo día del
derrumbe, Manolo padre metió lo que pudo sobre una carreta, subió a
su familia, cargó el reloj y la veleta, y se marchó a Argentina.
Reloj y veleta eran reliquias de familia. Al reloj lo trajeron con
destino de escaparate a la tienda de algún anticuario, para
financiar la aventura criolla; a la veleta, porque había sobrevivido
valerosamente a la catástrofe del dinamitero, señalando, con su
forma de flecha, la carretera que conducía al puerto.
En Argentina les fue mejor de lo que habían creído, y
Manolo, pronto se arrepintió de la venta del reloj; una semana
después volvió donde el anticuario, y él mismo lo volvi'o a comprar. Veleta y
reloj deambularon de casa en casa hasta que Manolo terminó de
construirse la propia. El día que mudó a su familia, llevó a
cabo dos ceremonias: puso el reloj dentro de una moldura
especialmente calculada en una de las paredes del living, y trepó
después al techo a fijar la veleta en un sitio igualmente
preferencial.
Manolo dedicó a esos recuerdos de otros tiempos y
paisajes, atención personal. Por aquellos días el clac del péndulo
era un imperceptible clic, y la voz ronca de la veleta, un silbido
que armonizaba con el viento. En el agobio de los veranos sanjuaninos, y frente a la maciza estampa de los Andes, Manolo se
sentaba en su patio andaluz rodeado de malvones, y miraba de tanto
en tanto a la alegre veleta, mientras punteaba con su navaja un
trozo de nogal.
De casualidad estaban todos fuera..., como aquella
otra vez de la que le había contado su padre; sin un aviso previo.
Bajo la nube de polvo todo era escombro. Cuando se disipó el polvo,
Manolito hubiera deseado que su padre viera lo que él. El terremoto
no había dejado construcción en pie hasta donde se podía mirar. Sin
embargo, encima de la pared con moldura del living, donde aún se
encontraba el reloj indemne de la catástrofe, estaba la veleta
señalando el sureste. Mentando ancestrales presagios, Manolito metió
cuanto pudo en su viejo Ford 28; cargó luego la veleta y el reloj,
subió a su familia, y marchó al sureste.
Las llanuras bonaerenses se abrían en abanico hacia
una poco pronunciada loma; a ambos lados, montes de eucalipto
esparcían su fragancia. La casa era pequeña y el trabajo de puestero
bien pago. Desamarró los bultos del techo del Ford, y con la ayuda
de Ramón, su pequeño hijo, los fue metiendo dentro de la casa.
Finalmente, llevó a cabo dos ceremonias: puso el reloj en un sitio
privilegiado de la sala, y se subió al techo para fijar en lo más alto
de la chimenea, la veleta.
Manolito no dedicó mucho esfuerzo ni al reloj ni a la
veleta. Contaba a la peonada, incluso, que cuando él salía con el
zaino malacara para el campo, la veleta se lo quedaba mirando. Y
que, por las noches, hasta los grillos hacían respeto cuando el
roble del reloj gemía una queja. La tradición que había en esos
objetos hizo que Manolito ignorara sus propias fabulaciones; y por
años, veleta y reloj otearon con indiferencia el paso de las horas.
No fue hasta pasado un mes de fallecido su padre,
cierta vez que Ramón regresaba a caballo al puesto, que notó cómo la
veleta, resistía de perfil los embates del viento. Entonces, hizo
palenque y subió al techo. Se sorprendió de ver por primera vez,
detenidamente, aquel objeto al que Manolito, su padre, le
prodigaba respeto. Lo que a ras del suelo parecía un gallo, era más
bien un pez. El arrumbe cercenaba su libertad. Varios días insumió a
Ramón dejarla en condiciones.
Mientras la veleta volvía a silbarle al viento, en la
sala, el bronce del péndulo, que desde hacía tiempo le mezquinaba
varios segundos a cada hora, se detuvo. Ramón quitó el polvo del
sofisticado mecanismo del reloj, con suaves toques de pincel.
Fue por la noche y tampoco hubo aviso..., como
aquella otra vez... de la que le había contado su padre. Desde hacía
una semana la torrencial lluvia se había abatido por la vasta región
centro de la provincia de Buenos Aires. Los ríos desbordaron las
endebles represas y “las encadenadas”[*]
formaron un único espejo de agua. Un torrente fluyó rápidamente loma
abajo rumbo al puesto. A Ramón lo despertó Juancito con el agua en
la rodilla. No hubo tiempo para juntar nada. Montó en sus hombros a
su hijo, y junto a su esposa, treparon la loma.
Al día siguiente, la Defensa Civil los albergó en un
refugio de la ciudad, y Ramón se ofreció de voluntario. En la
hondonada en que se encontraba el puesto, la tierra estaba a cuatro
metros de profundidad. Allí se dirigió Ramón en un pequeño bote con
dos más de la Defensa Civil a hacer un recorrido de rutina. A la
distancia, pudo adivinar la forma inconfundible sobre el borde del
agua. La veleta, inmutable al oleaje y al viento, apuntaba hacia el
oeste. Junto a ella, como si fuese un barco amarrado en dársena,
aunque suelto, estaba el reloj. Subió la veleta y el reloj al bote,
y se marchó. Todavía era noche cuando Ramón juntó sus escasas
pertenencias, reunió a su familia, cargó la veleta y el reloj, y
partió para el oeste.
Allá, en lo más alto del techo de una cabaña en medio
de un pinar cercano a la cordillera, el silbido de la veleta con forma
de rayo, es parte del entorno; también lo es el “clic” del péndulo
del reloj, cuando la aguja mayor punza el número doce.
Juan duerme. Hace años, su padre, llevó a cabo sus
ceremonias.
Algunas veces, por la noche, el reloj y la veleta se
hacen notar: la veleta ensaya su voz quejosa por la indiferencia del
viento; y el reloj, le contesta avisándole del paso de las horas
nonas, con perceptibles rechinos de su madera.
Las encadenadas es el nombre que poseen una serie de lagunas del
Oeste de la provincia de Buenos Aires, Argentina.
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Marcelo D. Ferrer
nació
en la ciudad de La Plata, Capital de la Provincia de Buenos Aires,
República Argentina (1957). Poeta y narrador. Es contador público y
licenciado en Economía; ejerce su profesión en su ciudad natal. Es
miembro y ha presidido diversas ONG dedicadas a la educación y al
servicio comunitario. Poemas, cuentos, reflexiones, ensayos y
narraciones suyas han sido publicadas en diversos medios
periodísticos de Argentina y en la Red Cibernética. Ha publicado, con
el asesoramiento de Estudio Qubbus de La Plata: Poemas, historias
y reflexiones (Centegraf, 2001).

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