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Aunque el Descubrimiento, la Conquista
y la Colonia fueron iniciados por hombres el papel de la
mujer ha sido crucial desde los inicios de estas tres
etapas del oficialmente denominado Continente Americano.
La
participación de la mujer en la trayectoria del Nuevo
Mundo no se limita a las que reconoció la historia sino
también a las anónimas que pasaron de soslayo por el ojo
avizor del cronista, aquellas que formaron parte de la
masa indígena y europea: las españolas que alentaron a
sus hombres a emprender el aventurado viaje y las
indígenas que acogieron y brindaron consuelo a estos
seres endurecidos por el mar.
Tomando
como punto de partida a la mujer europea dirigimos nuestra
mirada hacia la más importante, la reina Isabel; sabemos
que los planes de Colón se hubieran ido al traste sin su
intervención. Fue ella quien tuvo fe en el proyecto del
almirante, “puso en sus manos los instrumentos de su
fortuna arrostrando con valor el reto de la aventura”.[i]
A las
otras que de manera directa o indirecta se involucraron
con Colón y el intrépido viaje, García-Merás las denomina
“precursoras del Descubrimiento”. El autor documenta
cinco “pioneras”: 1. Ana de la Torre, 2. doña
Beatriz de Bobadilla, amiga de la reina, 3. doña
Beatriz de Bobadilla, condesa de la Gomera, 4. Beatriz
Enríquez de Arana, 5. Felipa Moniz de Perestrello.
Ana de la Torre, integrante del
personal de servicio de la corte, le brindó apoyo moral y
se convirtió en confidente del viajero. Colón compartió
con ella sus penas y preocupaciones:
A esta mujer oscura sólo han prestado
atención las crónicas paralelas de la historia….los
relatores de la época la citan como –“dida del Princep
Joan”…Era de esmerada educación y amplia cultura
humanística. Justamente la persona adecuada para caer en
las redes imaginativas de Colón que no desaprovechó la
coyuntura. Floreció entre ellos la amistad e
intercambiaron confidencias…. En las horas difíciles de su
amigo, aquellas en que regresaba a España desde Santo
Domingo, cargado de cadenas y humillado…las cartas que en
la corte se recibían iban dirigidas a ella y no a los
reyes con quienes Colón estaba tan dolido….Misivas
dolientes donde el fracasado gobernante destila toda su
amargura, pp.34-35.
Doña Beatriz de Bobadilla,
contemporánea, amiga y compañera de la reina desde la
infancia, se convirtió en protectora de Colón. En una
ocasión, en uno de sus desplantes de orgullo, el almirante
se marchó intempestivamente de una reunión en la corte en
el momento en que se planteaban las negociaciones para
emprender la travesía. Doña Beatriz alertó a Isabel de la
partida inesperada de Colón y a instancias de ella, la
reina ordenó que alcanzaran en el camino y volvieran a
Palacio a aquél que viajaba a lomo de mula. Así fue
posible finalizar la aprobación del viaje que de lo
contrario hubiera quedado inconclusa.
Doña
Beatriz de Bobadilla, condesa de la Gomera, sobrina y
tocaya de la amiga de la reina, su relación con Colón ha
sido blanco de la fantasía de los cronistas. Se la
describe como joven y atractiva. Brillaba en la corte por
su discreción y hermosura.
Después de enviudar dos veces, a los 27 años de edad llegó
a ser gobernadora de la Gomera, lugar que Colón visitó con
frecuencia valiéndose de muchos pretextos. En una ocasión
cuando éste llegó a la Gomera, se enteró que Beatriz se
encontraba en las Canarias, hacia allá se dirigió el galán
y permaneció allí desde el 12 de agosto hasta el 6 de
septiembre con la excusa de que los timones de su
embarcación necesitaban arreglo. Pero el parlanchín
Michele de Cuneo dijo que “el timón de las carabelas
estaba en perfecto estado y Colón sólo buscaba reparar el
suyo”, p. 36. En el siguiente viaje volvió el almirante a
tocar fondo en Gran Canaria y se dirigió a la Gomera donde
se quedó por tres días: “En el segundo viaje pasé otra vez
por La Gomera, e hice lo que tocaba. Besé sus manos y sus
labios y seguí. Deprisa, muy deprisa…”, p. 38.
Beatriz Enríquez de Arana entra en la
vida de Colón en 1485. En 1487 cuando la propuesta para
emprender el viaje hacia el oriente fue rechazada sólo
esta mujer se le ofreció como tabla de salvación. Ella es
la madre de Hernando Colón, hijo natural, medio hermano
del legítimo, Diego Colón:
Beatriz Enríquez fue el tronco que
mantuvo a flote a aquel desamparado en la corte que
durante varios años fue Colón. Fue un consuelo físico, el
cable arrojado al náufrago, que sirvió para mantener a
flote el cuerpo que sostenía un espíritu tan terco como
indomable. Fue la encarnación oportuna de este prototipo
de mujer doméstica que el destino le guardaba para
proteger su andadura……, p. 28.
Colón guardó en su recuerdo a Beatriz Enríquez de
Arana, paño
de lágrimas
en sus momentos más difíciles. El almirante le dijo a su
hijo Diego que le entregara a Beatriz diez mil maravedíes
anuales, lo que sería un aumento a los otros diez mil que
ya se le había otorgado como pensión. Más tarde,
sintiéndose cerca de la muerte Colón pone en su testamento
una cláusula en la que encarga a su heredero la misión
de no abandonar a Beatriz y de hacerse cargo de su
subsistencia. El navegante desea fervientemente compensar
a esta mujer
“como a persona a quien soy en tanto cargo. Y
esto se haga por mi descargo de conciencia, porque esto
pesa mucho para mi ánima. La razón dello non es lícito de
la escribir aquí…”, p. 27. Al principio Diego cumplió a
medias la orden de su padre, pero después, aún en vida de
éste, ignoró por completo el encargo.
La portuguesa Felipa Moniz de Perestrello fue la
mujer legítima de Colón. Felipa pertenecía a una familia
de posición económica desahogada que solventaba las
investigaciones científicas. El emparentar con este núcleo
familiar contribuyó a que se realizara el viaje, ya que
Colón tuvo la oportunidad de abandonar sus ocupaciones de
mercachifle y estudiar navegación, matemáticas, astronomía
y cartografía, conocimientos que lo prepararon para
proponer la ruta hacia el oriente navegando por el
occidente. Mal de todos los tiempos, manos criminales
hicieron desaparecer a Felipa Moniz, sin dejar rastros de
ella. Las últimas veces que se la vio fue alrededor de
1485, el mismo año
que Colón conoció a Beatriz Enríquez de Arana. No se llevó
acabo ninguna investigación que aclarara el misterio del
desvanecimiento de la susodicha.
Alejo Carpentier, en su novela The Harp and the
Shadow, [El arpa y la sombra], alude a la
“muerte” de Felipa. Colón dice:
I saw Felipa
and courted her like the worldly gentleman I am… I knew
she was from a good family… And I led her to the altar of
the church where we had met one day as she arose from her
devotions … She was, after all, related by marriage to the
Braganzas and that would open doors… I won’t go into
details about the petty business and voyages I undertook
in the days after the little son I named Diego was born.
But when I was left a widower -free of a union that
had to some degree tempered my impatience- the fire of my
ambition began to burn once again.
[ii]
Vi a Felipa y le hice la
corte como el hombre de mundo que soy… Yo sabía que era de
buena familia… y la llevé al altar de la iglesia donde la
conocí una vez cuando ella salía de una de sus devociones.
Después de todo ella estaba emparentada políticamente… con
los Braganzas y ello me abriría muchas puertas… No me voy
a detener en detalles acerca de los viajes y negocios sin
importancia que hice en los días después del nacimiento de
mi pequeño
hijo al que le puse el nombre de Diego. Pero cuando me
quedé viudo -libre de una unión que, hasta cierto
punto, puso a prueba mi impaciencia- el fuego de mis
aspiraciones se volvió a encender una vez más.
Sin restar mérito a las españolas,
García-Merás atribuye en gran parte el éxito de la
Conquista a las mujeres indígenas: “...Sin la conquista
de las indias no hubiera sido posible la Conquista de las
Indias. Es más hubiera carecido de sentido”, p. 16
Ya en las nuevas tierras frente a la flora y a la fauna
impresionantes lo que más llamó la atención de Colón
fueron las nativas por lo cual dedica gran parte de su
tiempo a admirarlas y a describirlas detalladamente. El 16
de octubre, a los cuatro días de haber arribado, anota:
“Las… mujeres tienen por delante de su cuerpo una cosita
de algodón que escasamente les cobija su natura”, p. 48.
Las indias haitianas:
Eran … de mediana estatura, aunque
fuertes y robustas. Tenían la piel de color castaño claro,
algo ictericiada, aunque otras eran más blancas y casi
podían pasar por mujeres de Castilla… Los ojos eran
pequeños, las ventanas de las narices muy abiertas y la
dentadura mala. Hombres y mujeres eran lampiños -lo que no
dejaba de producir admiración y hasta cierto desagrado-
llevaban el cabello largo, liso y negro…. Las evas de
Antilla iban completamente desnudas, aunque las casadas,
por distinguir su estado, gastaban una ligera braga… unas
bragas sueltas de algodón que ninguna cosa encubren,
aunque las tengan, por poco viento que haga, p.47.
Fecundadas por los españoles las mujeres aborígenes fueron
tierra fértil donde germinó el vínculo sanguíneo entre
España y América. Los colonizadores hacían alarde de su
potencia viril mientras las nativas parían chicos indios
con sangre española. Muchas leyes se establecieron para
tratar de detener el cruce de razas, pero todo fue inútil.
A falta de españolas los hombres blancos y barbados se
acercaban a las hembras “lampiñas”. “Pardiez que tenían
donde poner mano y entretener la exploración. Eran
gorditas, muy cariñosas y amantes de las novedades. Las
barbas les chiflaban”, p. 44.
La poligamia era común entre algunas
tribus. Lo que los españoles aprovecharon para crear sus
propios harenes; los más famosos fueron los de Nicaragua y
Paraguay “calificados por los cronistas como auténticos
paraísos de Mahoma”, pp. 18-19.
Situados en las culturas indígenas,
totalmente diferentes de la europea, el asunto “mujer” dio
lugar a luchas brutales entre los españoles. En algunas
tribus los aborígenes celebraban la unión matrimonial
compartiendo la novia con los invitados, de manera que
todos se acostaban con la desposada antes del consorte:
En las bodas, otro es el
novio, que así es costumbre usada y guardada; si el novio
es cacique, todos los caciques convidados prueban la novia
antes que él; si mercader, los mercaderes y, si labrador,
el señor
o algún sacerdote y ella entonces queda por muy esforzada,
p. 55.
Pero cuando un español tomaba como concubina a una mujer
perteneciente a estas tribus, no permitía que nadie
tratara de celebrar el evento al estilo indio y al que
tratara de hacerlo le costaba la vida. Al europeo no le
cuadraba la idea de compartir la pareja.
Cada Conquistador opinaba diferente en
cuanto a los atributos físicos de las aborígenes. Las
crónicas están llenas de reacciones de los españoles con
respecto a las nativas. Por ejemplo, Bernal Díaz del
Castillo increpa a Cortés porque éste se queda con las más
bonitas y deja sólo “las ruinas”, dizque tenía más de
cuarenta muchachas a su servicio, sin contar a la Malinche.
Martínez de Irala “eleva a auténtica política de Estado
sus relaciones con las naturales”, p. 19. No faltó alguno
que otro frío o indiferente como Balboa a quien se le
atribuyen sólo cuatro hijos mestizos. En Pizarro hubo
desbordamiento sexual, en Cortés la lujuria era
auténtica. Para algunos españoles
como Hernando de Soto, Juan de Escalante y Gonzalo Pizarro
las indias eran objeto de burla y pasatiempo. A Jiménez
de Quezada le inspiraron continencia y voto de castidad en
Ovando, p. 96. En cambio, Jerónimo de Aguilar practica
absoluta abstinencia:
Su actitud era casi de unción
religiosa; a pausas se recogía y a pausas elevaba los ojos
al cielo o trazaba extraños signos sobre su cuerpo…
Aguilar rezaba. Del naufragio había logrado salvar su “libro
de horas”, que mantuvo con habilidad en secretos
escondites… A solas con la letra sagrada la existencia se
le hacía más llevadera y le elevaba sobre la miseria del
presente… Aquel libro era su vínculo secreto con Dios y
con el mundo… Aguilar había hecho una promesa, un trato
muy español
con Dios; no mantendría relaciones sexuales con ninguna
mujer y a cambio la Divinidad le devolvería al seno de la
civilización cristiana. Un pacto equitativo. Un Aguilar en
estado de pureza tenía que resultarle necesariamente grato
a Dios, pp. 130-132.
Aguilar vivió ocho años
como “asexual”. Al final sucumbió ante la belleza erótica
de Elvira Toznenetzin oriunda de Topoyanco en la que
engendró dos mestizas.
Para el padre Las Casas las indias eran
bellas. Estaba convencido de que la esbelta figura de
aquellas damas podría ser admirada en España. El padre
comprobó que en Xaragua, en la ciudad de la Vera-Paz,
había casi sesenta hogares de españoles casados con
indias. En Yucatán las mujeres mayas eran altas, guapas y,
sobre todo, limpias, A los españoles
recién llegados les parecieron de “mejor disposición que
las españolas y más grandes y bien hechas”. P. 109.
Sin embargo, las permanentes
solicitudes de los colonos pidiendo mujeres europeas
prueba que no para todos los exploradores las indias eran
atractivas. Gonzalo Fernández de Oviedo dice: “Aunque
algunos cristianos se casaban con las indias principales,
había otros muchos más que por ninguna cosa las tomaran en
matrimonio por su incapacidad y fealdad “, p. 54.
Bonitas o feas las indias participaron
en la Conquista a la par de los expedicionarios como
“criadas, concubinas, barraganas, esposas…guías,
intérpretes… regalo protocolario, botín de guerra…”, p.
18. Cuando Ponce de León llegó a la isla de Boriquén el
cacique Agüeybana le entregó una hermana para honrarle,
pero Ponce de León convenció al indio que se convirtiera
al cristianismo como condición para aceptar su regalo, p.
57.
Si bien es cierto que la Malinche fue
el brazo derecho de Cortés que, con verdadera entrega, les
dio la espalda a los suyos para cooperar con quien era el
centro esencial de su vida. También se puede decir que sin
la asistencia de esta mujer, quizás hubiera sido más
difícil para Cortés llegar a ser considerado “el hombre
de acción más importante que ha dado Europa desde el
Renacimiento”, p. 189. Pero debemos reconocer a las otras
Malinches que hubo detrás de cada Conquistador, mujeres
que dieron la espalda a los suyos y se negaron a volver
cuando sus maridos o padres las reclamaban. Estas
“Malinches” también se entregaron por entero a sus amantes
blancos, indicándoles los caminos, advirtiéndoles de las
emboscadas y sobre todo llevándolos adonde había metales o
piedras preciosas. Anaé guió a Miguel Díaz hacia donde
abundaba el oro. Esta mujer le fue fiel a Díaz. Tuvieron
dos hijos, pero cuando el explorador obtuvo posiciones
importantes en la colonia, se casó con la española Isabel
de Cáceres y la india pasó a segundo plano.
El amor de las indias por los españoles
llegó a tal grado que aquéllas traicionaron a su propia
familia para ayudar a sus maridos. Guanina, hermana del
sobrino del cacique Agüeybana II, y mujer de Sotomayor,
puso a éste sobre aviso del plan de atacar que tenía su
hermano, pero el español no le hizo caso y esto le costó
la vida. El indio con cuatro mil seguidores invadió el
poblado de Sotomayor y mató a casi un centenar de
españoles, pp. 58-59.
Otras “Malinches” compartieron con los
europeos los secretos de las plantas. Por medio de una
nativa Antón de Villasanta se enteró que el árbol
guaconar producía una savia curativa que cicatrizaba
heridas, inflamaciones y llagas. Gracias a este ungüento,
Villasanta “se convirtió en uno de los hombres más ricos y
respetados de la isla”, p. 54. Detrás de todo este
triunfo estaba una mujer, la india que le reveló el
secreto y lo hizo poseedor de un lenitivo más poderoso que
el bálsamo de Fierabrás de Cervantes.
Así como hubo indias sumisas, también
existieron las rebeldes y temibles como Anacaona,
ejecutada en 1500, por sus actividades guerrilleras. Esta
reina taína, esposa del cacique Caonabó, cansada de los
maltratos que sufría su gente, encabezó una serie de
alzamientos que la llevaron a la horca: “El castigo de
Anacaona y sus secuaces resultó tan espantable para los
indios que de ahí en adelante asentaron el pie llano e no
se rebelaron más”, p. 89. Anacaona murió, pero quedó su
estirpe en la hija Higuemota y la nieta Mencía, esposa de
Enriquillo y rebelde como su abuela. Mencía rechazó
enérgicamente las galanterías de Andrés de Valenzuela, dueño
de la hacienda. Después de muchos intentos de seducirla,
aprovechando la ausencia de Enriquillo, lleno de despecho,
la hizo suya a la fuerza. “¿Qué se había creído la india
esta?” “¡Atreverse a rechazarlo!”...
El marido ofendido denunció el delito pero
las autoridades prestaron oídos sordos a sus querellas, lo
que hizo que se internara en las montañas para desde ahí
hacerse justicia por sus propias manos. Otros indios
alzados se unieron a Enriquillo. El grupo se organizó en
bandas que asaltaban, quemaban las haciendas y tendían
emboscadas a los españoles.
Formaron poblados en los altos de las montañas y mientras
los hombres guerreaban las mujeres trabajaban la tierra.
Así fue que la rebelde Mencía, al no someterse a los
caprichos del amo, dio pie a revueltas y alzamientos como
los que dirigió Anacaona, su abuela.
Pero no todo fue abuso, violencia y sexo de
parte de los españoles
hacia las nativas. Las indias amaron y también fueron
amadas. Tal es el caso de Gonzalo de Guerrero y su mujer.
Los primeros mestizos de Tierra Firme fueron los hijos de
este hombre con una indígena por cuyo amor se convirtió en
traidor. En esta unión Gonzalo de Guerrero procreó varios
vástagos mayas y nunca quiso separarse de su mujer. Se
labró la cara y se pintó como sus parientes políticos.
Incluso como cabecilla de los indios dirigió los ataques
contra sus compatriotas. Cuando Jerónimo de Aguilar trató
de rescatarlo Gonzalo de Guerrero contestó:
Hermano Aguilar… yo soy casado y tengo
tres hijos y tiénenme por cacique y capitán cuando hay
guerras; íos vos con Dios, que yo tengo labrada la cara y
horadadas las orejas. ¿Qué dirán de mí desque me vean esos
españoles ir desta manera? E ya veis estos mis hijitos
cuán bonicos son: por vida vuestra que me deis para ellos
desas cuentas verdes que traéis y diré que mis hermanos me
las envían de mi tierra…, p. 125.
En vano Aguilar trató de convencerlo: “Atiende, Gonzalo,
que eres cristiano y no vayas por una india a perder el
alma; y si te pesa separarte de tu mujer y de tus hijos,
llévalos contigo…”, p. 126. Gonzalo de Guerrero no cambió
de opinión. “…había encontrado allí cuanto un hombre puede
desear: un empleo, una familia, poder, prestigio, una
mujer honesta y amorosa… Aquella esposa menuda, de tez
como la miel, le pareció que crecía y que su belleza se
iluminaba con el resplandor del triunfo…”. Gonzalo de
Guerrero se quedó allí de por vida. Murió de un arcabuzazo
el 13 de agosto de 1536 en una batalla de los indios
cachiqueles contra los españoles, p. 127.
El aporte femenino fue fundamental para
el desarrollo de un aspecto de la historia del Continente.
Por ejemplo, el nombre indígena de América se supo por
una mujer. En el pasaje “América bautizada por una mujer”
de Las pícaras indias, García-Merás cita el dato
que recoge Hernando Colón en su Historia del Almirante:
De una de ellas (una india que huyendo
de los caribes vino a refugiarse entre los españoles) se
supo que a la parte del sur había muchas islas, unas
pobladas y otras desiertas; las cuales, tanto aquella moza
como las otras, separadamente, llamaron Yaramaqui,
Cairoaco, Huino, Buriari, Arubeira y Sixibei. Pero la
tierra firme, que decían ser muy grande, tanto ellas como
los de la Española, llamaban Zuania, p. 107.
El nombre indígena del Nuevo Mundo llegó a oídos españoles
el 5 de noviembre de 1493, y vino de los labios de una
mujer, p. 108.
Las mujeres de las masas, indígena y
española, cuya presencia se perfiló a lo largo del
Descubrimiento, Conquista y Colonia, plasmaron sus huellas
como testimonio de su presencia y colaboración en el
acontecer de los tiempos de Zuania, hoy Norte, Centro y
Sud América.
NOTAS
[i] Emilio
García-Merás, Pícaras Indias: historias de amor y erotismo
de la Conquista. España:
Ediciones Nuer, 1992. Vol., I, p. 38.
Todas las citas referentes al texto
viene de esta edición.
[ii] Alejo
Carpentier, The Harp and the Shadow. The beatification of
Christopher Columbus, translated by Thomas Christensen and
Carol Christensen. San
Francisco, California: Mercury House, 1990, pp. 59-60. Las
letras en negrita son mías.
BIBLIOGRAFÍA
Carpentier, Alejo. The Harp and The Shadow. The
Beatification of Christopher Columbus.
Translated by Thomas Christensen and
Carol Christensen. Vol., I. San Francisco, California:
Mercury House, 1990
García-Merás, Emilio. Pícaras Indias: historias de amor
y erotismo de la Conquista. España:
Ediciones Nuer, 1992. Vol., I, p. 38.
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