Miami
Estados Unidos
Año VII

 Nº 39/40

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

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Miami Dade College

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Dra. Lidia Versón

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Asesor Técnico

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Asesor de Arte

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EL APORTE FEMENINO: DESCUBRIMIENTO, CONQUISTA Y COLONIA EN LAS PÍCARAS INDIAS (1992) DE EMILIO GARCÍA-MERAS

 

por

 Niza Fabre

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     Aunque el Descubrimiento, la Conquista y la Colonia fueron iniciados por hombres el papel de la mujer ha sido crucial desde los inicios de estas tres etapas del oficialmente denominado Continente Americano.

 

     La participación de la mujer en la trayectoria del Nuevo Mundo no se limita a las que reconoció la historia sino también a las  anónimas que pasaron de soslayo por  el ojo avizor del cronista, aquellas que formaron parte de la masa indígena y europea: las  españolas que alentaron a sus hombres a emprender el aventurado viaje y las indígenas que acogieron y  brindaron consuelo a estos seres endurecidos por el mar.

  

     Tomando como punto de partida a la mujer europea dirigimos nuestra mirada hacia la más importante, la reina Isabel; sabemos que los planes de Colón se hubieran ido al traste sin su intervención. Fue ella quien tuvo fe en el proyecto del almirante, “puso en sus manos los instrumentos de su fortuna arrostrando con valor el reto de la aventura”.[i]

 

     A las otras que de manera directa o indirecta se involucraron con Colón y el intrépido viaje, García-Merás las denomina “precursoras del Descubrimiento”.   El autor documenta cinco “pioneras”: 1. Ana de la Torre, 2. doña Beatriz de Bobadilla, amiga de la reina, 3. doña Beatriz de Bobadilla, condesa de la Gomera, 4. Beatriz Enríquez de Arana, 5. Felipa Moniz de Perestrello.

 

     Ana de la Torre, integrante del personal de servicio de la corte,  le brindó apoyo moral y se convirtió en confidente del viajero. Colón compartió con  ella sus penas y  preocupaciones:

 

A esta mujer oscura sólo han prestado atención las crónicas paralelas de la historia….los relatores de la época la citan como –“dida del Princep Joan”…Era de esmerada educación y amplia cultura humanística. Justamente la persona adecuada para caer en las redes imaginativas de Colón que no desaprovechó la coyuntura. Floreció entre ellos la amistad e intercambiaron confidencias…. En las horas difíciles de su amigo, aquellas en que regresaba a España desde Santo Domingo, cargado de cadenas y humillado…las cartas que en la corte se recibían iban dirigidas a ella y no a los reyes con quienes Colón estaba tan dolido….Misivas dolientes donde el fracasado gobernante destila toda su amargura, pp.34-35.

    

     Doña Beatriz de Bobadilla, contemporánea, amiga y compañera de la reina desde la infancia, se convirtió en protectora de Colón.  En una ocasión, en uno de sus desplantes de orgullo, el almirante se marchó intempestivamente de una reunión en la corte en el momento en que se planteaban las negociaciones para emprender la travesía. Doña Beatriz alertó a Isabel de la partida inesperada de Colón  y a instancias de ella, la reina ordenó que alcanzaran en el camino y volvieran a Palacio a aquél que viajaba a lomo de mula. Así fue posible finalizar la aprobación del viaje que de lo contrario hubiera quedado inconclusa.

 

     Doña Beatriz de Bobadilla, condesa de la Gomera, sobrina y tocaya de la amiga de la reina, su relación con Colón ha sido blanco de la fantasía de los cronistas. Se la describe como joven y atractiva.  Brillaba en la corte por su discreción y hermosura.

 

     Después de enviudar dos veces, a los 27 años de edad llegó a ser gobernadora de la Gomera, lugar que Colón visitó con frecuencia valiéndose de muchos pretextos. En una ocasión cuando éste llegó a la Gomera, se enteró que Beatriz se encontraba en las Canarias, hacia allá se dirigió el galán y permaneció allí desde el 12 de agosto hasta el 6 de septiembre con la excusa de que los timones de su embarcación necesitaban arreglo. Pero el parlanchín Michele de Cuneo dijo que “el timón de las carabelas estaba en perfecto estado y Colón sólo buscaba reparar el suyo”, p. 36. En el siguiente viaje volvió el almirante a tocar fondo en Gran Canaria y se dirigió a la Gomera donde se quedó por tres días: “En el segundo viaje pasé otra vez por La Gomera, e hice lo que tocaba. Besé sus manos y sus labios y seguí. Deprisa, muy deprisa…”, p. 38.

 

     Beatriz Enríquez de Arana entra en la vida de Colón en 1485. En 1487 cuando la propuesta para emprender el viaje hacia el oriente fue rechazada sólo esta mujer se le ofreció como tabla de salvación. Ella es la madre de Hernando Colón, hijo natural, medio hermano del legítimo, Diego Colón:

 

Beatriz Enríquez fue el tronco que mantuvo a flote a aquel desamparado en la corte que durante varios años fue Colón. Fue un consuelo físico, el cable arrojado al náufrago, que sirvió para mantener a flote el cuerpo que sostenía un espíritu tan terco como indomable. Fue la encarnación oportuna de este prototipo de mujer doméstica que el destino le guardaba para proteger su andadura……, p. 28.

 

     Colón guardó en su recuerdo a  Beatriz Enríquez de Arana,  paño de lágrimas en sus momentos más difíciles. El almirante le dijo a su hijo Diego que le entregara a Beatriz  diez mil maravedíes anuales, lo que sería un aumento a los otros diez mil que ya  se le había otorgado como pensión. Más tarde, sintiéndose cerca de la muerte Colón pone en su testamento una cláusula en la que encarga  a su  heredero la misión de  no abandonar a Beatriz y de hacerse cargo de su subsistencia. El navegante desea fervientemente compensar a esta mujer como a persona a quien soy en tanto cargo. Y esto se haga por mi descargo de conciencia, porque esto pesa mucho para mi ánima. La razón dello non es lícito de la escribir aquí…”, p. 27. Al principio Diego cumplió a medias la orden de su padre, pero después, aún en vida de éste,  ignoró por completo el encargo.

 

     La portuguesa Felipa Moniz de Perestrello fue la mujer legítima de Colón. Felipa pertenecía a una familia de posición económica desahogada que solventaba las investigaciones científicas. El emparentar con este núcleo familiar contribuyó a que se realizara el viaje, ya que  Colón tuvo la oportunidad de abandonar sus ocupaciones de mercachifle y estudiar navegación, matemáticas, astronomía y cartografía, conocimientos que lo prepararon para proponer la ruta hacia el oriente navegando por el occidente.  Mal de todos los tiempos, manos criminales hicieron desaparecer a  Felipa Moniz, sin dejar rastros de ella. Las últimas veces que se la vio fue alrededor de 1485, el mismo año que Colón conoció a Beatriz Enríquez de Arana. No se llevó acabo ninguna  investigación que aclarara el misterio del desvanecimiento de la susodicha.

 

     Alejo Carpentier, en su novela The Harp and the Shadow, [El arpa y la sombra], alude a la “muerte” de Felipa.  Colón dice:

 

I saw Felipa and courted her like the worldly gentleman I am… I knew she was from a good family… And I led her to the altar of the church where we had met one day as she arose from her devotions … She was, after all, related by marriage to the Braganzas and that would open doors… I won’t go into details about the petty business and voyages I undertook in the days after the little son I named Diego was born. But when I was left a widower -free of a union that had to some degree tempered my impatience-  the fire of my ambition began to burn once again. [ii] 

 

Vi a Felipa y le hice la corte como el hombre de mundo que soy… Yo sabía que era de buena familia… y la llevé al altar de la iglesia donde la conocí una vez cuando ella salía de una de sus devociones. Después de todo ella estaba emparentada políticamente… con los Braganzas y ello me abriría muchas puertas… No me voy a detener en detalles acerca de los viajes y negocios sin importancia que hice en los días después del nacimiento de mi pequeño hijo al que le puse el nombre de Diego. Pero cuando me quedé viudo -libre de una unión que, hasta cierto punto, puso a prueba mi impaciencia- el fuego de mis aspiraciones se volvió a encender una vez más.

 

     Sin restar mérito a las españolas, García-Merás atribuye en gran parte el éxito de la Conquista a las  mujeres indígenas: “...Sin la conquista de las indias  no hubiera sido posible la Conquista de las Indias. Es más hubiera carecido de sentido”, p. 16

 

      Ya en las nuevas tierras frente a la flora y a la fauna impresionantes  lo que más llamó la atención de Colón fueron las nativas por lo cual dedica gran parte de su tiempo a admirarlas y a describirlas detalladamente. El 16 de octubre, a los cuatro días de haber arribado, anota: “Las… mujeres tienen por delante de su cuerpo una cosita de algodón que escasamente les cobija su natura”, p. 48. Las indias haitianas:

 

Eran … de mediana estatura, aunque fuertes y robustas. Tenían la piel de color castaño claro, algo ictericiada, aunque otras eran más blancas y casi podían pasar por mujeres de Castilla… Los ojos eran pequeños, las ventanas de las narices muy abiertas y la dentadura mala. Hombres y mujeres eran lampiños -lo que no dejaba de producir admiración y hasta cierto desagrado-  llevaban el cabello largo, liso y negro…. Las evas de Antilla iban completamente desnudas, aunque las casadas, por distinguir su estado, gastaban una ligera braga… unas bragas sueltas de algodón que ninguna cosa encubren, aunque las tengan, por poco viento que haga, p.47.

 

     Fecundadas por los españoles las mujeres aborígenes fueron tierra fértil donde  germinó el vínculo sanguíneo entre  España y América. Los colonizadores hacían alarde de su potencia viril mientras las nativas parían chicos indios con sangre española. Muchas leyes se establecieron para tratar de detener el cruce de razas, pero todo fue inútil. A falta de españolas los hombres blancos y barbados se acercaban a las hembras “lampiñas”.  “Pardiez que tenían donde poner mano y entretener la exploración. Eran gorditas, muy cariñosas y amantes de las novedades. Las barbas les chiflaban”, p. 44.

 

    La poligamia era común entre algunas tribus. Lo que los españoles aprovecharon para  crear sus propios harenes; los más famosos fueron los de Nicaragua y Paraguay “calificados por los cronistas como auténticos paraísos de Mahoma”, pp. 18-19.

 

     Situados en las culturas indígenas, totalmente diferentes de la europea, el asunto “mujer” dio lugar a luchas brutales entre los españoles. En algunas tribus los aborígenes celebraban la unión matrimonial compartiendo la novia con los invitados, de manera que todos se acostaban  con la desposada antes del consorte:

 

En las bodas, otro es el novio, que así es costumbre usada y guardada; si el novio es cacique, todos los caciques convidados prueban la novia antes que él; si mercader, los mercaderes y, si labrador, el señor o algún sacerdote y ella entonces queda por muy esforzada, p. 55.

 

     Pero cuando un español tomaba como concubina a una mujer perteneciente a estas tribus,  no permitía que nadie tratara de celebrar el evento al estilo indio y al que tratara de hacerlo le costaba la vida.  Al europeo no le cuadraba la idea de compartir la pareja.

 

     Cada Conquistador opinaba diferente en cuanto a los atributos físicos de las aborígenes. Las crónicas están llenas de reacciones de los españoles con respecto a las nativas. Por ejemplo, Bernal Díaz del Castillo increpa a Cortés porque éste se queda con las más bonitas y deja sólo “las ruinas”, dizque tenía más de cuarenta muchachas a su servicio, sin contar a la Malinche. Martínez de Irala “eleva a auténtica política de Estado sus relaciones con las naturales”, p. 19. No faltó alguno que otro frío o indiferente como Balboa a quien se le atribuyen sólo cuatro hijos mestizos. En Pizarro hubo desbordamiento sexual, en Cortés la  lujuria era auténtica. Para algunos españoles como Hernando de Soto, Juan de Escalante y Gonzalo Pizarro las indias eran objeto de burla y pasatiempo. A Jiménez de Quezada le inspiraron continencia y voto de castidad en Ovando, p. 96.  En cambio, Jerónimo de Aguilar practica absoluta abstinencia:

 

Su actitud era casi de unción religiosa; a pausas se recogía y a pausas elevaba los ojos al cielo o trazaba extraños signos sobre su cuerpo… Aguilar rezaba. Del naufragio había logrado salvar su “libro de horas”, que mantuvo con habilidad en secretos escondites… A solas con la letra sagrada la existencia se le hacía más llevadera y le elevaba sobre la miseria del presente… Aquel libro era su vínculo secreto con Dios y con el mundo… Aguilar había hecho una promesa, un trato muy español con Dios; no mantendría relaciones sexuales con ninguna mujer y a cambio la Divinidad le devolvería al seno de la civilización cristiana. Un pacto equitativo. Un Aguilar en estado de pureza tenía que resultarle necesariamente grato a Dios, pp. 130-132.

 

     Aguilar vivió ocho años como “asexual”.  Al final sucumbió ante la belleza erótica de Elvira Toznenetzin oriunda de Topoyanco en la que engendró dos mestizas.

 

     Para el padre Las Casas  las indias eran bellas. Estaba convencido de que  la esbelta figura  de aquellas damas podría ser admirada en España.  El padre comprobó que en Xaragua, en la ciudad de la Vera-Paz, había casi sesenta hogares de españoles casados con indias. En Yucatán las mujeres mayas eran altas, guapas y, sobre todo, limpias, A los españoles recién llegados les parecieron de “mejor disposición que las españolas y más grandes y bien hechas”. P. 109.

 

     Sin embargo, las permanentes solicitudes de los colonos pidiendo mujeres europeas prueba que no para todos los exploradores las indias eran atractivas. Gonzalo Fernández de Oviedo dice: “Aunque algunos cristianos se casaban con las indias principales, había otros muchos más que por ninguna cosa las tomaran en matrimonio por su incapacidad y fealdad “, p. 54.

 

     Bonitas o feas las indias participaron en la Conquista a la par de los expedicionarios como “criadas, concubinas, barraganas, esposas…guías, intérpretes… regalo protocolario,  botín de guerra…”, p. 18. Cuando Ponce de León llegó a la isla de Boriquén el cacique Agüeybana le entregó una hermana para honrarle, pero Ponce de León convenció al indio que se convirtiera al cristianismo como condición para aceptar su regalo, p. 57.

 

     Si bien es cierto que la Malinche fue el brazo derecho de Cortés que, con verdadera entrega, les dio la espalda a los suyos para cooperar con quien era el centro esencial de su vida. También se puede decir que sin la asistencia de esta mujer, quizás hubiera sido más difícil para  Cortés llegar a ser considerado “el hombre de acción  más importante que ha dado Europa desde el Renacimiento”, p. 189.  Pero debemos reconocer a las otras Malinches que hubo detrás de cada Conquistador, mujeres  que dieron la espalda a los suyos y se negaron a volver cuando sus maridos o padres las reclamaban. Estas “Malinches” también se entregaron por entero a sus amantes blancos, indicándoles los caminos, advirtiéndoles  de las emboscadas y sobre todo llevándolos adonde había metales o piedras preciosas. Anaé guió a Miguel Díaz hacia donde abundaba el oro. Esta mujer le fue fiel a  Díaz. Tuvieron dos hijos, pero  cuando el explorador obtuvo posiciones importantes en la colonia, se casó con la española Isabel de Cáceres y la india pasó a segundo plano.

 

     El amor de las indias por los españoles llegó a tal grado que  aquéllas traicionaron a su propia familia para ayudar a sus maridos. Guanina, hermana del sobrino del cacique Agüeybana II, y mujer de Sotomayor, puso a éste sobre aviso del plan de atacar que tenía su hermano, pero el español no le hizo caso y esto le costó la vida. El indio con cuatro mil seguidores invadió el poblado de Sotomayor y mató a casi un centenar de españoles, pp. 58-59.

 

     Otras “Malinches” compartieron con los europeos los secretos de las plantas. Por medio de una nativa Antón de Villasanta se enteró que el árbol guaconar producía una savia curativa que cicatrizaba heridas, inflamaciones y llagas. Gracias a este ungüento, Villasanta “se convirtió en uno de los hombres más ricos y respetados de la isla”, p. 54.  Detrás de todo este triunfo estaba una mujer,  la india que le reveló el secreto y lo hizo poseedor de un lenitivo más poderoso que el bálsamo de Fierabrás de Cervantes.

 

     Así como hubo indias sumisas, también existieron las rebeldes y temibles como Anacaona, ejecutada en 1500, por sus actividades guerrilleras. Esta reina taína, esposa del  cacique Caonabó, cansada de los maltratos que sufría su gente, encabezó una serie de alzamientos que la llevaron a la horca: “El castigo de Anacaona y sus secuaces resultó tan espantable para los indios que de ahí en adelante asentaron el pie llano e no se rebelaron más”, p. 89. Anacaona murió, pero quedó su estirpe en la hija Higuemota y la nieta Mencía, esposa de Enriquillo y rebelde como su abuela.  Mencía rechazó enérgicamente las galanterías de Andrés de Valenzuela, dueño de la hacienda. Después de muchos intentos de seducirla, aprovechando la ausencia de Enriquillo, lleno de despecho, la hizo suya a la fuerza. “¿Qué se había creído la india esta?” “¡Atreverse a rechazarlo!”...

 

     El marido ofendido denunció el delito pero las autoridades prestaron oídos sordos a sus querellas, lo que hizo que se internara en las montañas para desde ahí hacerse justicia por sus propias manos. Otros indios alzados se unieron a Enriquillo. El grupo se organizó  en bandas que asaltaban, quemaban las haciendas y tendían emboscadas a los españoles.  Formaron poblados en los altos de las montañas y mientras los hombres  guerreaban las mujeres trabajaban la tierra. Así fue que la rebelde Mencía, al no someterse a los caprichos del amo, dio pie a revueltas y alzamientos como los que dirigió Anacaona, su abuela.

 

     Pero no todo fue abuso, violencia y sexo de parte de los españoles hacia las nativas. Las indias  amaron y también fueron amadas. Tal es el caso de Gonzalo de Guerrero y su mujer. Los primeros mestizos de Tierra Firme fueron los hijos de este hombre con una indígena por cuyo amor se convirtió en traidor. En esta unión Gonzalo de Guerrero procreó varios  vástagos mayas y nunca quiso separarse de su mujer. Se labró la cara y se pintó como sus parientes políticos. Incluso como cabecilla de los indios dirigió los ataques contra sus compatriotas. Cuando Jerónimo de Aguilar trató de rescatarlo Gonzalo de Guerrero contestó:

 

Hermano Aguilar… yo soy casado y tengo tres hijos y tiénenme por cacique y capitán cuando hay guerras; íos vos con Dios, que yo tengo labrada la cara y horadadas las orejas. ¿Qué dirán de mí desque me vean esos españoles ir desta manera? E ya veis estos mis hijitos cuán bonicos son: por vida vuestra que me deis para ellos desas cuentas verdes que traéis y diré que mis hermanos me las envían de mi tierra…, p. 125. 

 

     En vano Aguilar trató de convencerlo: “Atiende, Gonzalo, que eres cristiano y no vayas por una india a perder el alma; y si te pesa separarte de tu mujer y de tus hijos, llévalos contigo…”, p. 126. Gonzalo de Guerrero no cambió de opinión. “…había encontrado allí cuanto un hombre puede desear: un empleo, una familia, poder, prestigio, una mujer honesta  y amorosa… Aquella esposa menuda, de tez como la miel, le pareció que crecía y que su belleza se iluminaba con el resplandor del triunfo…”.  Gonzalo de Guerrero se quedó allí de por vida. Murió de un arcabuzazo el 13 de agosto de 1536  en una batalla de los indios cachiqueles contra los españoles, p. 127.

 

     El aporte femenino fue fundamental para el desarrollo de un aspecto de la historia del Continente. Por ejemplo, el nombre indígena de América  se supo por una mujer. En el pasaje “América bautizada por una mujer” de Las pícaras indias, García-Merás cita el dato que recoge Hernando Colón en su Historia del Almirante:

 

De una de ellas (una india que huyendo de los caribes vino a refugiarse entre los españoles) se supo que a la parte del sur había muchas islas, unas pobladas y otras desiertas; las cuales, tanto aquella moza como las otras, separadamente, llamaron Yaramaqui, Cairoaco, Huino, Buriari, Arubeira y  Sixibei. Pero la tierra firme, que decían ser muy grande, tanto ellas como los de la Española, llamaban Zuania, p. 107.

 

     El nombre indígena del Nuevo Mundo llegó a oídos españoles el 5 de noviembre de 1493, y vino de los labios de una mujer, p. 108.

 

     Las mujeres de las masas, indígena y española, cuya presencia se perfiló a lo largo del Descubrimiento, Conquista y Colonia, plasmaron sus huellas como testimonio de su presencia y colaboración en el acontecer de los tiempos de Zuania, hoy Norte, Centro y Sud América.

 

 

 

NOTAS

 

[i] Emilio García-Merás, Pícaras Indias: historias de amor y erotismo de la Conquista. España: Ediciones Nuer, 1992. Vol., I, p. 38. Todas las citas referentes al texto viene de esta edición.

 

[ii]  Alejo Carpentier, The Harp and the Shadow. The beatification of Christopher Columbus, translated by Thomas Christensen and Carol Christensen.  San Francisco, California: Mercury House, 1990, pp. 59-60. Las letras en negrita son mías.

 

BIBLIOGRAFÍA

 

Carpentier, Alejo. The Harp and The Shadow. The Beatification of Christopher Columbus. Translated by Thomas Christensen and Carol Christensen. Vol., I. San Francisco, California: Mercury House,    1990

 

García-Merás, Emilio. Pícaras Indias: historias de amor y erotismo de la Conquista. España: Ediciones     Nuer, 1992. Vol., I, p. 38.

 


Niza Fabre nació en Guayaquil, Ecuador. Profesora, conferencista y escritora. Hizo sus estudios universitarios en la Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY). En la actualidad es Profesora de Lengua y Literatura Española e Hispanoamericana en Ramapo College de Nueva Jersey, EE.UU. Ha publicado diversos artículos sobre literatura española e hispanoamericana y el libro: Americanismos, indigenismos, neologismos y creación léxica en la obra de Jorge Icaza. Quito: Editorial Abrapalabra, 1993. Desde 1994 es editora de la revista The Cultural Journal en Ramapo College. Ha participado en congresos literarios en Brasil, Ecuador, España, México y Estados Unidos.