Miami
Estados Unidos
Año VII

 Nº 39/40

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Consejo de Redacción

Dr. Humberto López Cruz

Universidad Central de la Florida en Orlando

 

Dr. René C. Izquierdo

Miami Dade College Recinto de Kendall

 

Profesora Myra Medina

Miami Dade College

Recinto Norte

 

Dr. Gerardo Piña Rosales

Universidad de Columbia

Nueva York

 

Dra. Alicia E. Vadillo

Universidad Estatal de Nueva York en Oswego

 

Dra. Lidia Versón

Universidad del Turabo

Puerto Rico

 

 

Asesor Técnico

Luis H. Beltrán

 

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

   

 

 

 

 

IDENTIDAD CHILENA Y

GABRIELA MISTRAL

 

por

 Paula Miranda Herrera

________________________________________________

     Gabriela Mistral (chilena, 1889-1957) fue sobre todo poeta y política, y en ambos frentes fue lo que Octavio Paz tan bellamente describió como la incomodidad intrínseca del poeta moderno: “la poesía es el alimento de los desterrados y los disidentes del mundo burgués”. Así, mientras la nación chilena construyó una determinada imagen de Gabriela Mistral, ella respondió a esa construcción con un Chile “otro”, caracterizado básicamente por los espacios interiores (su Valle de Elqui con sus montes, hierbas y huertas) y por su preocupación permanente por un tema muy propio de los sueños emancipatorios del siglo XX en América Latina: me estoy refiriendo al tema de la Reforma Agraria.

  

     Chile fue preocupación medular de Mistral. Tuvo su posición crítica frente a los nacionalismos y populismos epocales,  y realizó también la búsqueda de un espacio interior donde habitar, la necesidad de un tiempo del arraigo (para usar una frase del poeta chileno Jorge Teillier), que le permitiese subsistir, sobre todo después del desasosiego permanente que le provocaron primero la muerte de su gran amor (Magallanes Moure, en 1924) y luego la de su madre en 1929 y la de su hijo Juan Miguel (YIN), en 1943. Desosiego provocado también por su prolongada ausencia del país y por su itinerancia por el mundo: fue profesora y directora en diez ciudades chilenas y cónsul en más de una docena de ciudades del mundo en los cuarenta años en que vivió fuera de Chile; pero también por su condición de ángel caído y de mujer herida por las cosas del mundo. Hay que recordar que Mistral salió de Chile rumbo a México el año 1922, que sólo desde 1932 sus cargos de representación fueron para Chile (antes habían sido para México) y que no volvió a nuestro país sino sólo esporádicamente en tres ocasiones: 1925, 1938 y en septiembre de  1954. Sin embargo, este oficio de extranjería se había iniciado mucho antes, en la Patagonia chilena, donde había sido enviada (desterrada es la palabra que usa su buen amigo Roque Esteban Scarpa) a chilenizar Magallanes en 1919. Por eso su  primer  libro de poesía alude a ese paisaje austral hecho de un sentimiento de enajenación persistente: Desolación.

 

     Creo que de todos estos años, es el año 1954 en donde se concentran más paradigmáticamente las contradicciones que rondaron su relación con Chile. Es el año no sólo de la publicación mutilada en Chile de su cuarto libro, Lagar, sino que es el año de su última visita al país.  Durante ella se la recibió e inscribió como mujer ejemplar de la patria y el país entero con el Presidente Ibáñez del Campo a la cabeza, se volcó con banderas e himnos a las calles a recibirla. En todas las ocasiones nadie la escuchó del todo, aunque fuese la “huésped” de honor y las multitudes la aclamasen en la “plaza pública”. Habló de Reforma Agraria y de sentirse desarraigada, traspapelaba sus discursos e improvisaba palabras de crítica y de sueños, pero no la tomaron en cuenta. ¿La explicación? Mistral ingresó a Chile en 1954 como el fantasma que ya era para esos años, como el fantasma que había escrito buena parte del Poema de Chile (1967), con sus fantasmas que ya no estaban: su madre, Magallanes Moure y Yin. El exceso y tono de las celebraciones no le permitieron cumplir su principal cometido: recorrer las aldeas y provincias de su país, “como un fantasma llevado de la mano por un niño”. En cambio reafirmó su condición de “desasida”: “Y yo decía como ebria:/ ¡Patria mía, Patria, la Patria!/(…)/ Pude no volver y he vuelto./ De nuevo hay muro a mi espalda”.

 

     Lo que Mistral irá fundando entonces en su escritura e imaginación es un Chile distinto del real, que pertenece a esa  comunidad imaginada que llamamos Chile desde el 12 de febrero de 1817, pero que no se identifica plenamente con él. Su Chile es un país íntimo y local, natural, campesino e indígena, que surge del diálogo entre un fantasma con sus seres más queridos, desde Tala (obra de 1938) hasta su libro póstumo (Poema de Chile, de 1967).

 

     Además, nuestra poeta se instaló en medio de un Chile artístico que había sido remecido por las vanguardias. Con su ejercicio como profesora de Historia en Antofagasta en 1912, inició un incansable estudio sobre Chile que no pararía jamás, y que centró su interés en lo que ella misma llamó el “hecho geográfico”, la “explosión de nacionalismo terrícola”[1], “el lote de gracia que Dios nos ha dado”[2] oponiéndose así a la  “quemazón de fronteras” y “la arteriosclerosis de lo abstracto absoluto” que comenzaban a imperar en la cultura de inicios de siglo XX.  

 

El país imaginado en su prosa

 

Su relación con Chile fue distinta desde su prosa que desde su poesía. En su prosa más doctrinaria con finalidad no estética, pasó de un nacionalismo homogenizador (una sola idea de país), de progreso social y responsabilidad civil a un nacionalismo “popularista” y marcado por la necesidad del mejoramiento de la vida campesina, de ahí que erigiera desde muy temprano el apego al terruño y a la ruralidad como los ejes de su obra posterior. Esta ruralidad se vinculó al mundo indígena y campesino, al hispanismo tradicional y a la naturaleza, pero sobre todo a las manifestaciones artísticas y discursivas de estos sectores, expresadas en el folklore; de ahí el término acuñado por ella misma de “popularismo”, el que prefirió en lugar del “populismo” de los “bajíos”.

 

Intentó además el diseño de un mapa paisajístico y psicosocial del carácter nacional (al estilo de Benjamín Subercaseaux, al que ella admiraba), básicamente a través de tres climas. Aquí distinguió Mistral  la zona del “desierto de la sal” o “del salitre”, llamada mítica (donde impera la moral del despojo y el sacrificio); la zona de los valles transversales y de los archipiélagos del sur, llamada romántica por lo turbulenta, tierra rota en el inicio y luego recompuesta en la Patagonia; y la tercera zona, la del Valle Central, ampliamente alabada en su estilo clásico, por ser el “verdadero aposento de la chilenidad”, por darle la unidad política y moral al país, pues “Física, y gubernativamente, Chile es el Llano Central”, su columna vertebral, decía ella.

 

Pero sobre ese suelo de caracteres y de climas sobreimpuso sus intenciones edificantes. Propuso una y otra vez, medidas de mejoramiento social: amor por el trabajo y el adelanto del suelo, mejor educación e “inmigración” − versus un carácter chileno marcado por la envidia y su tendencia al anarquismo y al militarismo.

 

Pero más importante que todo esto, apuntó hacia la propiedad de la tierra, a la “Reforma Agraria”, porque ella misma declaraba: “En cierta manera yo hablo por esa masa a la que pertenezco en cuando a persona sin tierra pero que forma parte de una tierra”. O sea, Mistral no sólo buscaba su patria personal entre el campesinado, incluyendo allí a los indígenas, sino que ella misma tenía conciencia de la paradoja que implicaba pertenecer a un territorio (la nacionalidad), pero carecer de tierras en ese territorio, tener nacionalidad, pero ser un des-terrado. Peor aún, pensaba ella, partes de las tierras que pertenecen al país pueden ser también enajenadas del propio país y entonces se habrá acabado, dice Mistral, toda posibilidad de perfeccionar esa tierra. Poco importará la educación, la administración o el servicio social, “pero venga la pérdida del suelo; cambie de dueño la mina que alimenta a una ciudad…váyasenos el depósito de salitre de nuestro poder…y se han acabado con la realidad de la tierra defectuosa, pero susceptible de orden, todas las posibilidades de hacerla perfecta”[3].

 

Claramente marcada por el agrarismo mexicano, piensa Mistral que el suelo era la “posesión máxima” y que la independencia “nacional”  sólo había independizado en este sentido al 10% de los chilenos, pues lo que ha rondado a nuestros gobernantes es una visión antiagrarista. Mistral pone entonces una voz de alerta en la realidad de la propiedad en las provincias y países de América. Lo que cuenta para la identidad nacional entonces no son las ideologías, los “orfeones”, ni las “odas”, sino la “propiedad”: “Tierra nuestra podemos llamar solamente a aquella que según las listas de municipios, muestre nombres y apellidos nacionales en la inscripción de la propiedad”[4].

 

La patria poética

 

     Pero en su poesía, su patria más verdadera, estaban ocurriendo otros fenómenos. Si en la prosa primaba una patria cultural y política como ya hemos visto, en función del “mostrar turístico” y bajo la conciencia de alguien que ha venido a ejercer en la tierra su labor doctrinaria y emancipatoria, en la poesía, en cambio, se privilegia la patria personal, natural, de la cultura cotidiana y espiritual. Lo que está abundantemente en su poesía es la lucha por establecer una relación armónica con la patria. El mejor ejemplo de esta conciencia “nacional” es Poema de Chile y la sección “Saudade” de Tala. En esta última la “soledad” se mezcla con un ansia de comunión que es negada, pues este sujeto necesita establecerse en alguna “patria” en medio de la movilidad del viaje, evitando a toda costa el desarraigo. Viajar fue en ella una “profesión de olvido”, pero siempre en los viajes hubo un persistir en la necesidad de la nacionalidad en medio de la extranjería.

 

En “País de la ausencia” de Tala, el cansancio se vuelve desasosiego y proviene de la imposibilidad de fundar una patria donde vivir, pues todo apunta a un único lugar para la muerte, que incluso entonces será innominado: “y en país sin nombre / me voy a morir”. Un país es necesariamente un territorio hecho de presencias. Aquí está la ausencia, las negaciones, las pérdidas sucesivas. En el texto la que habla permanece en estado de ansiedad sin dar con las identidades buscadas:

 

 “Parece una fábula

que yo me aprendí,

sueño de tomar

y de desasir.

Y es mi patria donde

vivir y morir.

 

Me nació de cosas

que no son país;

de patrias y patrias

que tuve y perdí;

de las criaturas

que yo vi morir;

de lo que era mío

y se fue de mí”.

  

    La fábula sobre la nación se olvida con facilidad, pero lo que se vuelve pérdida irremediable es la privación de sus “criaturas” personales, provocada por la muerte.

 

     En “La extranjera” (como la llamaban en México), Mistral habla de otra que es ella misma y cuya lengua y presencia es siempre bárbara para los que la reciben, incluso entre los que comparten lingüísticamente su mismo idioma:

 

“Habla con dejo de sus mares bárbaros,

con no sé que algas y no sé que arenas;

reza oración a dios sin bulto y peso,

envejecida como si muriera.

 

Vivirá entre nosotros ochenta años,

pero siempre será como si llega,

hablando lengua que jadea y gime

y que le entienden sólo bestezuelas”

 

     Así, en el viaje individual, a Magallanes o a México, a Italia o España, Gabriela se separará de la idea unificada de nación, para pensarse como una expatriada, “callada, extranjera y trascordada”.

 

     Pero en Poema de Chile ocurre algo más. Su escritura, realizada durante más de quince años de vida, coincide con una época de crisis religiosa y existencial provocada por la muerte de Yin y por el retorno cada vez más imposible a Chile. Será bajo este temple que se concibe esta obra y por ello no se concluye, pues concluirla habría implicado resolver los dos grandes problemas que la atormentaron los últimos años de su vida: recobrar a Yin y recuperar a Chile. Por eso y con razón dice Grínor Rojo que la única manera de retornar a Chile era a través del Poema de Chile.

 

     Pero ¿para qué se escribe el Poema? Lo dice ella misma en los manuscritos conservados en la Biblioteca del Congreso en Washington y estudiados prolijamente por Soledad Falabella. Dice Mistral:

 

“- Contar en metáforas la largura de Chile, sus tres climas, etc.

- Contar finamente el que no me dejan volver

- Hacer hablar al niño en chileno y que hable bastante”[5]

 

     El libro, concebido como un único gran poema, hablará sobre un único tema: Chile, ese “largo corredor eterno”; aunque en el transcurso constatemos que no es la totalidad de Chile la que esté en el poema y que el territorio no se concibe jamás homogéneamente, sino como una “largura” hecha de climas, detalles del paisaje y territorios muy diversos entre sí, pese a la pretendida unificación moral y política de la nación: “Deberíamos haber sido angostamente nacionales, y hasta regionales, y haber renunciado a esa gran honra que es la influencia moral en la vida la raza común”, dice en 1939[6]. El libro entonces, no es un canto a la nación, no hay apóstrofes ni himnos; es más bien la conversación pendiente con el Chile más querido, el interior y el pequeño, hecho de olores, colores y sonidos. El otro Chile, el de los “discurso gritones”, el de las urbes “febriles”, el del chisme, casi no aparece.

 

     Lo que da el sentido de totalidad al poemario es la conversación que mantiene la hablante (una mama, forma popular de la palabra mamá) con el niño-indio, a medida que van caminando a través del angosto país, pero junto con conversar y describir diversos lugares, la mama y el niño realizan acciones: caminan, recuerdan, enseñan y sobre todo, mientan (nombran).

 

     Este sujeto, la “mama” se relaciona con otros que son íntimos (niño y ciervo) y con otros a quienes desea redimir (campesinos, araucanos). La sujeto construida en este Poema…adquiere distintas fisonomías y atraviesa por distintos estados: es a la vez mama, poeta, Lucila, Gabriela, fantasma (alma en pena), huertera y campechana. Lo que le da cierta continuidad a su configuración no es el viaje de norte a sur, como podría suponerse, pues éste tiende a tensionarla, sino que la conversación que va manteniendo con otros, la que a veces se vuelve discusión, chacota o sólo mimos.

 

     En efecto, ella cae como una flecha en el norte chileno, in-sepulta, venida de la región de los muertos. Desea salvar al niño y también andar sobre su tierra, para luego volverse adonde está su “Dueño”. Pero en Mistral hay algo más, pues esa conversación le sirve no sólo al niño, sino también a ella, que acaba de llegar a su Patria, sola y con deseos de recobrar los olores, rincones y sentidos de su tierra antes de retornar al lugar de donde vino, la región de los muertos que no terminan de morir[7] o la región del sonambulismo[8]. Entonces el ejercicio de creación patria, de retorno y recorrido se realiza codo a codo con el niño,  muchas veces incluso el que determina qué harán será el niño. La caracterización de él como un niño indio, agrega un tercer tipo de saber (el del indígena: escamoteado en los desarrollismos e indigenismos de su época y sólo redimensionado hoy por las autonomías indígenas). Este saber es aquí, demás está decirlo, altamente valorado y aprovechado por la hablante.

 

     Este niño indio, a medio crecer, connota también un Chile a medio crecer, pero sobre todo alude al hijo real, (a Juan Miguel), especialmente por las aprensiones y cuidados de que esta mama lo rodea, como si proyectase en él ciertas culpas y contradicciones que nunca la abandonaron luego del suicidio del hijo real: “Hijito nuestro, perdóname si te fallé en tus horas más apremiadas. Perdóname que en los momentos en que decidías tu destino, yo no haya estado junto a tu tribulación”[9].

 

     Lo interesante de las conversaciones es que están dinamizadas y animadas por el recorrido que van haciendo por una tierra llena de vida, de animalitos que se mueven, de plantas que le hablan, de una tierra “espiritualizada” −como dice Jaime Cocha− que a veces se vuelve como ella, un poco trascordada.  La “mama”, lejos de ser el arrullo y el silencio para el niño indio, es la que salta y corre por Chile, la que despierta en él los sentidos, la que le enseña con pasión creadora, la que acepta críticas y critica, la que divaga y sueña, la que lo invita a pedir la tierra para él. Así, el lugar reproductivo como valor en sí mismo de las mujeres ha sido reemplazado por el lugar productivo del aprendizaje, la enseñanza y la creación poética; la madre como símbolo de vida, aquí es una muerta regeneradora de vida (cosmovisión indígena); el canto “arrullador” se ha combinado aquí con cuentos, fábulas, historias reinterpretadas y “decires”; y lo más importante, el espacio protector de la “mama” no es ya la casa, sino  la cordillera, el Valle de Elqui y la huerta.

 

     Esta mujer reivindica la cultura de la tierra. Dijo en un artículo sobre Coquimbo en 1925: “Toda cultura empieza por la tierra; entre nosotros, la cultura ha querido empezar por el bachillerato”. Y continuaba: “La tierra es el sostén de todas nuestras cosas y no hemos creado todavía otra mesa que soporte nuestros bienes”[10].  El niño-indio de Poema de Chile es justamente el heredero de una de las culturas más sabias en estos temas: los incas del Tahuantinsuyu.

 

     El poemario comienza recorriendo la aridez y la sed del norte, para muy pronto descansar e ingresar a los valles transversales del Norte Chico chileno, “donde el desierto se suaviza, acaba y deja paso a la faz amable de la naturaleza”[11] ingresando así a sus montes natales del Valle de Elqui. En ese lugar, en el poema “Valle de Elqui”, se realiza la magia del río Elqui, el que es un refrigerio en medio del “Valle que arde”. Los doce cerros que conforman su “casta de la cordillera” son recobrados aquí por medio de la palabra nostálgica, para convertirse en el lugar donde la hablante se reunirá con los suyos, aunque pronto tenga que partir nuevamente: “Me crié/ con más cerros y montañas”. Ha preferido entonces los montes y los cerros a las ciudades, las huertas a los jardines y las casas: “Los cerros cuentan historias/ y las casas poco y nada”.

 

     Pero de todos los lugares, el más anhelado es el de la huerta, esa pequeña patria olfativa hecha de plantas más que de flores. Junto a los árboles están las hierbas medicinales. El “Boldo”, junto con poseer propiedades curativas y ser una hierba dura y “ruda”, es también “santa” y “hospitalaria”. Excediendo sus virtudes medicinales, este “arbusto” propicia un lugar, el de la huerta, en el que el niño y la “mama” podrán encontrar reposo y consuelo, y donde el niño cuidará con ternura al ciervo.

 

“Chiquito, yo fui huertera.

Este amor me dio la mama”

                           (“Huerta”)

 

     En este lugar productivo al interior del hogar se ha arribado a la “la Patria que nos dieron” y la mama sólo agradece por todo lo que se le ha ofrecido en esta huerta: lluvia, buen sol, nieve, viento, pájaros y piedras en que se descansa.

 

     El proyecto de Poema de Chile acaba entonces de cumplirse. Es posible ahora heredarle al niño un espacio, enseñarle un lugar, que no sea ya sólo la huerta y la “patria espiritual” de ella misma, sino una “Patria” verdadera y protectora:

 

“- No te podría dejar

en la tierra ajena y rasa,

sin un techo que te libre

de viento, lluvia y nevadas.

¿Cómo volvería yo

a mis huertos y mi Patria,

a mi descanso, a mi término,

al ruedo ancho de mis muertos

y a la eternidad ganada,

dejándote a media Ruta

como las almas penadas?”

                                   (“Flores”)

 

     Y en otro poema, “A dónde es que tú me llevas”, el niño y mama sostienen la siguiente conversación:

 

“Di siquiera a dónde vamos a llegar.

¿Es en montañas

o es en el mar? Dilo, Mama.

 

-Te voy llevando a lugar

donde al mirarte la cara

no te digan como nombre

lo de "indio pata rajada",

sino que te den parcela

muy medida y muy contada.

 

Porque al fin ya va llegando

para la gente que labra

la hora de recibir

con la diestra y con el alma.

Ya camina, ya se acerca,

feliz y llena de gracia.

                                   (A dónde es que tú me llevas)

 

     Se ha conquista así, en el espacio ficticio del poema, la Reforma Agraria. Pero quien nos abandona irremediablemente es esta mama confundida con Mistral, quien no puede, ya concluido el Poema, seguir habitando en esta patria  imaginada:

 

“Ya me voy  porque me llama

un silbo que es mi Dueño...

Yo bajé para salvar

a mi niño atacameño

y por andarme la Gea

que me crió contra el pecho

y acordarme, volteándola,

su trinidad de elementos.

Sentí el aire, palpé el agua

y la Tierra. Y ya regreso”.

(“Despedida”).

 

     Lo que ella desea es sobre todo la recuperación de Chile. En el recorrido, esta mujer conoce lo magnánimo y el minimalismo de su país, pero está en permanente estado de trance entre la vida y la muerte, entre la extranjería y la pertenencia, algo trascordada, pero todavía consciente. Su visión de mundo es religiosa y dualista, capaz de descubrirnos el país bajo otra mirada y comprensión. No es así sólo una “mama” que muestra y nombra el país para el niño indio, sino que es también una “huertera” que siembra y construye otro tipo de país. Uno en el que ella sigue soñando, todavía ahora, medio siglo después de su partida.

   

 

OBRAS CITADAS

 

[1] “Benjamín Subercaseaux y su Chile o una loca geografía”. La Nación de Buenos Aires, 27 de abril de 1941. Compilado por Roque Esteban Scarpa en Gabriela piensa en… Santiago de Chile: Editorial Andrés Bello, 1978. p. 95.

 

 

[2] “La geografía humana: libros que faltan para la América nuestra” (texto de 1929). En. Magisterio y Niño. Roque Esteban Scarpa, comp. Santiago de Chile: Editorial Andrés bello, 1979. P. 136.

 

[3] En Magisterio y Niño. Op. cit. pp.  158-159.

 

[4] “Conversando sobre la tierra”. En Magisterio y Niño.  Op. cit. p. 164.

 

[5] Aspecto finamente estudiado por Soledad Falabella en su libro ¿Qué será de Chile en el cielo? Poema de Chile de Gabriela Mistral. Op. cit. En capítulo 1.2. indica Falabella que tres subsecciones inicialmente contempladas fueron descartadas: “Mujeres que cantan”, “Cobre”, “Salitre”. Graves errores observa Falabella en la edición de Barcelona: Editorial Pomaire de 1967, a cargo de su albacea, Doris Dana, empezando por el título: Poemas de Chile. No se tuvieron en cuenta las diversas disposiciones pensadas por Mistral ni las últimas correcciones hechas por la autora al manuscrito mecanografiado.

 

[6] “Gabriela Mistral sigue hablando de Chile” (también circula como “Geografía humana de Chile”) Discurso en la Unión Panamericana de Washington, publicado en su Boletín en el mes de abril de 1939. En Recados contando a Chile. Alfonso Escudero, comp. Santiago de Chile: Editorial Pacífico, 1957. pp. 187-196.

 

[7] De ese mismo lugar regresa, una vez que ha muerto, la madre de Mistral. Véase poema póstumo “El regreso”. En: Vargas Saavedra, Luis. El otro suicida de Gabriela Mistral. Santiago de Chile: Ediciones Universidad Católica de Chile, 1985. El sentido en su biografía es diferente en ambos casos, pues cuando muere la madre, es Mistral quien viaja a la zona de los muertos vivos, cuando Yin muere es él el que a veces retorna a su vida, invocado por ella y en calidad de fantasma.

 

[8] “Dicen que yo he sido y soy pobre, porque he andado y ando por el mundo como sonámbula. Tal vez; pero yo no deseo otra cosa sino aumentar mi sonambulismo, pasar sin enredarme en los matorrales de aquí abajo, como si me llamaran con prisa de otra parte”. Véase “Carta a Ester Grimberg y María Baeza”. En: Magisterio y niño. Op. cit. p. 288.

 

[9] “Oración por Yin”. El “nosotros” se refiere a ella y a Palma Guillén. Publicada por Luis Vargas Saavedra. El otro suicida de Gabriela Mistral. Op. cit. p. 791.

 

[10] Ibid. p. 158.

 

[11] Teitelboim, Volodia. Gabriela Mistral pública y secreta. Truenos y silencios en la vida del primer Nobel latinoamericano. Santiago de Chile: BAT, 1991.

 


Paula Miranda Herrera  nació en Santiago de Chile (1968). Es ensayista, investigadora y Doctora en Literatura Chilena e Hispanoamericana. En la actualidad ejerce como Académica en la Universidad de Chile y Docente en la Pontificia Universidad Católica de Chile (Santiago de Chile).