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Gabriela Mistral
(chilena, 1889-1957) fue sobre todo poeta y política, y en
ambos frentes fue lo que Octavio Paz tan bellamente
describió como la incomodidad intrínseca del poeta
moderno: “la poesía es el alimento de los desterrados y
los disidentes del mundo burgués”. Así, mientras la nación
chilena construyó una determinada imagen de Gabriela
Mistral, ella respondió a esa construcción con un Chile
“otro”, caracterizado básicamente por los espacios
interiores (su Valle de Elqui con sus montes, hierbas y
huertas) y por su preocupación permanente por un tema muy
propio de los sueños emancipatorios del siglo XX en
América Latina: me estoy refiriendo al tema de la Reforma
Agraria.
Chile fue preocupación medular de Mistral. Tuvo su
posición crítica frente a los nacionalismos y populismos
epocales, y realizó también la búsqueda de un espacio
interior donde habitar, la necesidad de un tiempo del
arraigo (para usar una frase del poeta chileno Jorge
Teillier), que le permitiese subsistir, sobre todo después
del desasosiego permanente que le provocaron primero la
muerte de su gran amor (Magallanes Moure, en 1924) y luego
la de su madre en 1929 y la de su hijo Juan Miguel (YIN),
en 1943. Desosiego provocado también por su prolongada
ausencia del país y por su itinerancia por el mundo: fue
profesora y directora en diez ciudades chilenas y cónsul
en más de una docena de ciudades del mundo en los cuarenta
años en que vivió fuera de Chile; pero también por su
condición de ángel caído y de mujer herida por las cosas
del mundo. Hay que recordar que Mistral salió de Chile
rumbo a México el año 1922, que sólo desde 1932 sus cargos
de representación fueron para Chile (antes habían sido
para México) y que no volvió a nuestro país sino sólo
esporádicamente en tres ocasiones: 1925, 1938 y en
septiembre de 1954. Sin embargo, este oficio de
extranjería se había iniciado mucho antes, en la Patagonia
chilena, donde había sido enviada (desterrada es la
palabra que usa su buen amigo Roque Esteban Scarpa) a
chilenizar Magallanes en 1919. Por eso su primer libro
de poesía alude a ese paisaje austral hecho de un
sentimiento de enajenación persistente: Desolación.
Creo que de todos estos años, es el año 1954 en donde se
concentran más paradigmáticamente las contradicciones que
rondaron su relación con Chile. Es el año no sólo de la
publicación mutilada en Chile de su cuarto libro, Lagar,
sino que es el año de su última visita al país. Durante
ella se la recibió e inscribió como mujer ejemplar de la
patria y el país entero con el Presidente Ibáñez del Campo
a la cabeza, se volcó con banderas e himnos a las calles a
recibirla. En todas las ocasiones nadie la escuchó del
todo, aunque fuese la “huésped” de honor y las multitudes
la aclamasen en la “plaza pública”. Habló de Reforma
Agraria y de sentirse desarraigada, traspapelaba sus
discursos e improvisaba palabras de crítica y de sueños,
pero no la tomaron en cuenta. ¿La explicación? Mistral
ingresó a Chile en 1954 como el fantasma que ya era para
esos años, como el fantasma que había escrito buena parte
del Poema de Chile (1967), con sus fantasmas que ya no
estaban: su madre, Magallanes Moure y Yin. El exceso y
tono de las celebraciones no le permitieron cumplir su
principal cometido: recorrer las aldeas y provincias de su
país, “como un fantasma llevado de la mano por un niño”.
En cambio reafirmó su condición de “desasida”: “Y yo decía
como ebria:/ ¡Patria mía, Patria, la Patria!/(…)/ Pude no
volver y he vuelto./ De nuevo hay muro a mi espalda”.
Lo que Mistral irá fundando entonces en su escritura e
imaginación es un Chile distinto del real, que
pertenece a esa comunidad imaginada que llamamos Chile
desde el 12 de febrero de 1817, pero que no se identifica
plenamente con él. Su Chile es un país íntimo y local,
natural, campesino e indígena, que surge del diálogo entre
un fantasma con sus seres más queridos, desde Tala (obra
de 1938) hasta su libro póstumo (Poema de Chile, de 1967).
Además, nuestra poeta se instaló en medio de un Chile
artístico que había sido remecido por las vanguardias. Con
su ejercicio como profesora de Historia en Antofagasta en
1912, inició un incansable estudio sobre Chile que no
pararía jamás, y que centró su interés en lo que ella
misma llamó el “hecho geográfico”, la “explosión de
nacionalismo terrícola”[1],
“el lote de gracia que Dios nos ha dado”[2]
oponiéndose así a la “quemazón de fronteras” y “la
arteriosclerosis de lo abstracto absoluto” que comenzaban
a imperar en la cultura de inicios de siglo XX.
El país imaginado en su
prosa
Su relación con Chile fue
distinta desde su prosa que desde su poesía. En su prosa
más doctrinaria con finalidad no estética, pasó de un
nacionalismo homogenizador (una sola idea de país), de
progreso social y responsabilidad civil a un nacionalismo
“popularista” y marcado por la necesidad del mejoramiento
de la vida campesina, de ahí que erigiera desde muy
temprano el apego al terruño y a la ruralidad como los
ejes de su obra posterior. Esta ruralidad se vinculó al
mundo indígena y campesino, al hispanismo tradicional y a
la naturaleza, pero sobre todo a las manifestaciones
artísticas y discursivas de estos sectores, expresadas en
el folklore; de ahí el término acuñado por ella misma de
“popularismo”, el que prefirió en lugar del “populismo” de
los “bajíos”.
Intentó además el diseño de
un mapa paisajístico y psicosocial del carácter nacional
(al estilo de Benjamín Subercaseaux, al que ella
admiraba), básicamente a través de tres climas. Aquí
distinguió Mistral la zona del “desierto de la sal” o
“del salitre”, llamada mítica (donde impera la moral del
despojo y el sacrificio); la zona de los valles
transversales y de los archipiélagos del sur, llamada
romántica por lo turbulenta, tierra rota en el inicio y
luego recompuesta en la Patagonia; y la tercera zona, la
del Valle Central, ampliamente alabada en su estilo
clásico, por ser el “verdadero aposento de la chilenidad”,
por darle la unidad política y moral al país, pues
“Física, y gubernativamente, Chile es el Llano Central”,
su columna vertebral, decía ella.
Pero sobre ese suelo de
caracteres y de climas sobreimpuso sus intenciones
edificantes. Propuso una y otra vez, medidas de
mejoramiento social: amor por el trabajo y el adelanto del
suelo, mejor educación e “inmigración” − versus un
carácter chileno marcado por la envidia y su tendencia al
anarquismo y al militarismo.
Pero más importante que todo
esto, apuntó hacia la propiedad de la tierra, a la
“Reforma Agraria”, porque ella misma declaraba: “En cierta
manera yo hablo por esa masa a la que pertenezco en cuando
a persona sin tierra pero que forma parte de una tierra”.
O sea, Mistral no sólo buscaba su patria personal entre el
campesinado, incluyendo allí a los indígenas, sino que
ella misma tenía conciencia de la paradoja que implicaba
pertenecer a un territorio (la nacionalidad), pero carecer
de tierras en ese territorio, tener nacionalidad, pero ser
un des-terrado. Peor aún, pensaba ella, partes de las
tierras que pertenecen al país pueden ser también
enajenadas del propio país y entonces se habrá acabado,
dice Mistral, toda posibilidad de perfeccionar esa tierra.
Poco importará la educación, la administración o el
servicio social, “pero venga la pérdida del suelo; cambie
de dueño la mina que alimenta a una ciudad…váyasenos el
depósito de salitre de nuestro poder…y se han acabado con
la realidad de la tierra defectuosa, pero susceptible de
orden, todas las posibilidades de hacerla perfecta”[3].
Claramente marcada por el
agrarismo mexicano, piensa Mistral que el suelo era la
“posesión máxima” y que la independencia “nacional” sólo
había independizado en este sentido al 10% de los
chilenos, pues lo que ha rondado a nuestros gobernantes es
una visión antiagrarista. Mistral pone entonces una voz de
alerta en la realidad de la propiedad en las provincias y
países de América. Lo que cuenta para la identidad
nacional entonces no son las ideologías, los “orfeones”,
ni las “odas”, sino la “propiedad”: “Tierra nuestra
podemos llamar solamente a aquella que según las listas de
municipios, muestre nombres y apellidos nacionales en la
inscripción de la propiedad”[4].
La patria poética
Pero en su
poesía, su patria más verdadera, estaban ocurriendo otros
fenómenos. Si en la prosa primaba una patria cultural y
política como ya hemos visto, en función del “mostrar
turístico” y bajo la conciencia de alguien que ha venido a
ejercer en la tierra su labor doctrinaria y emancipatoria,
en la poesía, en cambio, se privilegia la patria personal,
natural, de la cultura cotidiana y espiritual. Lo que está
abundantemente en su poesía es la lucha por establecer una
relación armónica con la patria. El mejor ejemplo de esta
conciencia “nacional” es Poema de Chile y la sección
“Saudade” de Tala. En esta última la “soledad” se mezcla
con un ansia de comunión que es negada, pues este sujeto
necesita establecerse en alguna “patria” en medio de la
movilidad del viaje, evitando a toda costa el desarraigo.
Viajar fue en ella una “profesión de olvido”, pero siempre
en los viajes hubo un persistir en la necesidad de la
nacionalidad en medio de la extranjería.
En “País de la ausencia” de
Tala, el cansancio se vuelve desasosiego y proviene de la
imposibilidad de fundar una patria donde vivir, pues todo
apunta a un único lugar para la muerte, que incluso
entonces será innominado: “y en país sin nombre / me voy a
morir”. Un país es necesariamente un territorio hecho de
presencias. Aquí está la ausencia, las negaciones, las
pérdidas sucesivas. En el texto la que habla permanece en
estado de ansiedad sin dar con las identidades buscadas:
“Parece una fábula
que yo me aprendí,
sueño de tomar
y de desasir.
Y es mi patria donde
vivir y morir.
Me nació de cosas
que no son país;
de patrias y patrias
que tuve y perdí;
de las criaturas
que yo vi morir;
de lo que era mío
y se fue de mí”.
La fábula
sobre la nación se olvida con facilidad, pero lo que se
vuelve pérdida irremediable es la privación de sus
“criaturas” personales, provocada por la muerte.
En
“La extranjera” (como la llamaban en México), Mistral
habla de otra que es ella misma y cuya lengua y presencia
es siempre bárbara para los que la reciben, incluso entre
los que comparten lingüísticamente su mismo idioma:
“Habla con
dejo de sus mares bárbaros,
con no sé que
algas y no sé que arenas;
reza oración
a dios sin bulto y peso,
envejecida
como si muriera.
Vivirá entre nosotros
ochenta años,
pero siempre será como si
llega,
hablando lengua que jadea
y gime
y que le entienden sólo
bestezuelas”
Así, en el viaje individual, a Magallanes o a México, a
Italia o España, Gabriela se separará de la idea unificada
de nación, para pensarse como una expatriada, “callada,
extranjera y trascordada”.
Pero en Poema de Chile ocurre algo más. Su escritura,
realizada durante más de quince años de vida, coincide con
una época de crisis religiosa y existencial provocada por
la muerte de Yin y por el retorno cada vez más imposible a
Chile. Será bajo este temple que se concibe esta obra y
por ello no se concluye, pues concluirla habría implicado
resolver los dos grandes problemas que la atormentaron los
últimos años de su vida: recobrar a Yin y recuperar a
Chile. Por eso y con razón dice Grínor Rojo que la única
manera de retornar a Chile era a través del Poema de
Chile.
Pero ¿para qué se escribe el Poema? Lo dice ella misma en
los manuscritos conservados en la Biblioteca del Congreso
en Washington y estudiados prolijamente por Soledad
Falabella. Dice Mistral:
“- Contar en
metáforas la largura de Chile, sus tres climas, etc.
- Contar
finamente el que no me dejan volver
- Hacer hablar
al niño en chileno y que hable bastante”[5]
El
libro, concebido como un único gran poema, hablará sobre
un único tema: Chile, ese “largo corredor eterno”; aunque
en el transcurso constatemos que no es la totalidad de
Chile la que esté en el poema y que el territorio no se
concibe jamás homogéneamente, sino como una “largura”
hecha de climas, detalles del paisaje y territorios muy
diversos entre sí, pese a la pretendida unificación moral
y política de la nación: “Deberíamos haber sido
angostamente nacionales, y hasta regionales, y haber
renunciado a esa gran honra que es la influencia moral en
la vida la raza común”, dice en 1939[6].
El libro entonces, no es un canto a la nación, no hay
apóstrofes ni himnos; es más bien la conversación
pendiente con el Chile más querido, el interior y el
pequeño, hecho de olores, colores y sonidos. El otro
Chile, el de los “discurso gritones”, el de las urbes
“febriles”, el del chisme, casi no aparece.
Lo
que da el sentido de totalidad al poemario es la
conversación que mantiene la hablante (una mama, forma
popular de la palabra mamá) con el niño-indio, a medida
que van caminando a través del angosto país, pero junto
con conversar y describir diversos lugares, la mama y el
niño realizan acciones: caminan, recuerdan, enseñan y
sobre todo, mientan (nombran).
Este sujeto, la “mama” se relaciona con otros que son
íntimos (niño y ciervo) y con otros a quienes desea
redimir (campesinos, araucanos). La sujeto construida en
este Poema…adquiere distintas fisonomías y atraviesa por
distintos estados: es a la vez mama, poeta, Lucila,
Gabriela, fantasma (alma en pena), huertera y campechana.
Lo que le da cierta continuidad a su configuración no es
el viaje de norte a sur, como podría suponerse, pues éste
tiende a tensionarla, sino que la conversación que va
manteniendo con otros, la que a veces se vuelve discusión,
chacota o sólo mimos.
En
efecto, ella cae como una flecha en el norte chileno,
in-sepulta, venida de la región de los muertos. Desea
salvar al niño y también andar sobre su tierra, para luego
volverse adonde está su “Dueño”. Pero en Mistral hay algo
más, pues esa conversación le sirve no sólo al niño, sino
también a ella, que acaba de llegar a su Patria, sola y
con deseos de recobrar los olores, rincones y sentidos de
su tierra antes de retornar al lugar de donde vino, la
región de los muertos que no terminan de morir[7]
o la región del sonambulismo[8].
Entonces el ejercicio de creación patria, de retorno y
recorrido se realiza codo a codo con el niño, muchas
veces incluso el que determina qué harán será el niño. La
caracterización de él como un niño indio, agrega un tercer
tipo de saber (el del indígena: escamoteado en los
desarrollismos e indigenismos de su época y sólo
redimensionado hoy por las autonomías indígenas). Este
saber es aquí, demás está decirlo, altamente valorado y
aprovechado por la hablante.
Este niño indio, a medio crecer, connota también un Chile
a medio crecer, pero sobre todo alude al hijo real, (a
Juan Miguel), especialmente por las aprensiones y cuidados
de que esta mama lo rodea, como si proyectase en él
ciertas culpas y contradicciones que nunca la abandonaron
luego del suicidio del hijo real: “Hijito nuestro,
perdóname si te fallé en tus horas más apremiadas.
Perdóname que en los momentos en que decidías tu destino,
yo no haya estado junto a tu tribulación”[9].
Lo
interesante de las conversaciones es que están dinamizadas
y animadas por el recorrido que van haciendo por una
tierra llena de vida, de animalitos que se mueven, de
plantas que le hablan, de una tierra “espiritualizada”
−como dice Jaime Cocha− que a veces se vuelve como ella,
un poco trascordada. La “mama”, lejos de ser el arrullo y
el silencio para el niño indio, es la que salta y corre
por Chile, la que despierta en él los sentidos, la que le
enseña con pasión creadora, la que acepta críticas y
critica, la que divaga y sueña, la que lo invita a pedir
la tierra para él. Así, el lugar reproductivo como valor
en sí mismo de las mujeres ha sido reemplazado por el
lugar productivo del aprendizaje, la enseñanza y la
creación poética; la madre como símbolo de vida, aquí es
una muerta regeneradora de vida (cosmovisión indígena); el
canto “arrullador” se ha combinado aquí con cuentos,
fábulas, historias reinterpretadas y “decires”; y lo más
importante, el espacio protector de la “mama” no es ya la
casa, sino la cordillera, el Valle de Elqui y la huerta.
Esta mujer reivindica la cultura de la tierra. Dijo en un
artículo sobre Coquimbo en 1925: “Toda cultura empieza por
la tierra; entre nosotros, la cultura ha querido empezar
por el bachillerato”. Y continuaba: “La tierra es el
sostén de todas nuestras cosas y no hemos creado todavía
otra mesa que soporte nuestros bienes”[10].
El niño-indio de Poema de Chile es justamente el heredero
de una de las culturas más sabias en estos temas: los
incas del Tahuantinsuyu.
El
poemario comienza recorriendo la aridez y la sed del
norte, para muy pronto descansar e ingresar a los valles
transversales del Norte Chico chileno, “donde el desierto
se suaviza, acaba y deja paso a la faz amable de la
naturaleza”[11]
ingresando así a sus montes natales del Valle de Elqui. En
ese lugar, en el poema “Valle de Elqui”, se realiza la
magia del río Elqui, el que es un refrigerio en medio del
“Valle que arde”. Los doce cerros que conforman su “casta
de la cordillera” son recobrados aquí por medio de la
palabra nostálgica, para convertirse en el lugar donde la
hablante se reunirá con los suyos, aunque pronto tenga que
partir nuevamente: “Me crié/ con más cerros y montañas”.
Ha preferido entonces los montes y los cerros a las
ciudades, las huertas a los jardines y las casas: “Los
cerros cuentan historias/ y las casas poco y nada”.
Pero de todos los lugares, el más anhelado es el de la
huerta, esa pequeña patria olfativa hecha de plantas más
que de flores. Junto a los árboles están las hierbas
medicinales. El “Boldo”, junto con poseer propiedades
curativas y ser una hierba dura y “ruda”, es también
“santa” y “hospitalaria”. Excediendo sus virtudes
medicinales, este “arbusto” propicia un lugar, el de la
huerta, en el que el niño y la “mama” podrán encontrar
reposo y consuelo, y donde el niño cuidará con ternura al
ciervo.
“Chiquito, yo fui huertera.
Este amor me dio la mama”
(“Huerta”)
En
este lugar productivo al interior del hogar se ha arribado
a la “la Patria que nos dieron” y la mama sólo agradece
por todo lo que se le ha ofrecido en esta huerta: lluvia,
buen sol, nieve, viento, pájaros y piedras en que se
descansa.
El
proyecto de Poema de Chile acaba entonces de cumplirse. Es
posible ahora heredarle al niño un espacio, enseñarle un
lugar, que no sea ya sólo la huerta y la “patria
espiritual” de ella misma, sino una “Patria” verdadera y
protectora:
“- No te podría dejar
en la tierra ajena y rasa,
sin un techo que te libre
de viento, lluvia y
nevadas.
¿Cómo volvería yo
a mis huertos y mi Patria,
a mi descanso, a mi
término,
al ruedo ancho de mis
muertos
y a la eternidad ganada,
dejándote a media Ruta
como las almas penadas?”
(“Flores”)
Y
en otro poema, “A dónde es que tú me llevas”, el niño y
mama sostienen la siguiente conversación:
“Di siquiera
a dónde vamos a llegar.
¿Es en
montañas
o es en el
mar? Dilo, Mama.
-Te voy
llevando a lugar
donde al
mirarte la cara
no te digan
como nombre
lo de "indio
pata rajada",
sino que te
den parcela
muy medida y
muy contada.
Porque al fin
ya va llegando
para la gente
que labra
la hora de
recibir
con la
diestra y con el alma.
Ya camina, ya
se acerca,
feliz y llena
de gracia.
(A dónde es que tú me
llevas)
Se
ha conquista así, en el espacio ficticio del poema, la
Reforma Agraria. Pero quien nos abandona irremediablemente
es esta mama confundida con Mistral, quien no puede, ya
concluido el Poema, seguir habitando en esta patria
imaginada:
“Ya me voy porque me
llama
un silbo que es mi
Dueño...
Yo bajé para salvar
a mi niño atacameño
y por andarme la Gea
que me crió contra el
pecho
y acordarme, volteándola,
su trinidad de elementos.
Sentí el aire, palpé el
agua
y la Tierra. Y ya
regreso”.
(“Despedida”).
Lo
que ella desea es sobre todo la recuperación de Chile. En
el recorrido, esta mujer conoce lo magnánimo y el
minimalismo de su país, pero está en permanente estado de
trance entre la vida y la muerte, entre la extranjería y
la pertenencia, algo trascordada, pero todavía consciente.
Su visión de mundo es religiosa y dualista, capaz de
descubrirnos el país bajo otra mirada y comprensión. No es
así sólo una “mama” que muestra y nombra el país para el
niño indio, sino que es también una “huertera” que siembra
y construye otro tipo de país. Uno en el que ella sigue
soñando, todavía ahora, medio siglo después de su partida.
OBRAS CITADAS
[1] “Benjamín Subercaseaux y su Chile o una
loca geografía”. La Nación de Buenos Aires, 27 de abril de
1941. Compilado por Roque Esteban Scarpa en Gabriela
piensa en… Santiago de Chile: Editorial Andrés Bello,
1978. p. 95.
[2] “La geografía
humana: libros que faltan para la América nuestra” (texto
de 1929). En. Magisterio y
Niño. Roque Esteban Scarpa, comp. Santiago de
Chile: Editorial Andrés bello, 1979. P.
136.
[3] En Magisterio y
Niño. Op. cit. pp. 158-159.
[4]
“Conversando sobre la tierra”. En
Magisterio y Niño. Op. cit. p. 164.
[5] Aspecto finamente estudiado por Soledad
Falabella en su libro ¿Qué será de Chile en el cielo?
Poema de Chile de Gabriela Mistral. Op. cit. En capítulo
1.2. indica Falabella que tres subsecciones inicialmente
contempladas fueron descartadas: “Mujeres que cantan”,
“Cobre”, “Salitre”. Graves errores observa Falabella en la
edición de Barcelona: Editorial Pomaire de 1967, a cargo
de su albacea, Doris Dana, empezando por el título: Poemas
de Chile. No se tuvieron en cuenta las diversas
disposiciones pensadas por Mistral ni las últimas
correcciones hechas por la autora al manuscrito
mecanografiado.
[6] “Gabriela Mistral sigue hablando de
Chile” (también circula como “Geografía humana de Chile”)
Discurso en la Unión Panamericana de Washington, publicado
en su Boletín en el mes de abril de 1939. En Recados
contando a Chile. Alfonso Escudero, comp. Santiago de
Chile: Editorial Pacífico, 1957. pp. 187-196.
[7] De ese mismo lugar regresa, una vez que
ha muerto, la madre de Mistral. Véase poema póstumo “El
regreso”. En: Vargas Saavedra, Luis. El otro suicida de
Gabriela Mistral. Santiago de Chile: Ediciones Universidad
Católica de Chile, 1985. El sentido en su biografía es
diferente en ambos casos, pues cuando muere la madre, es
Mistral quien viaja a la zona de los muertos vivos, cuando
Yin muere es él el que a veces retorna a su vida, invocado
por ella y en calidad de fantasma.
[8] “Dicen que yo he
sido y soy pobre, porque he andado y ando por el mundo
como sonámbula. Tal vez; pero yo no deseo otra cosa sino
aumentar mi sonambulismo, pasar sin enredarme en los
matorrales de aquí abajo, como si me llamaran con prisa de
otra parte”. Véase “Carta a Ester Grimberg y María Baeza”.
En: Magisterio y niño. Op. cit. p. 288.
[9] “Oración por Yin”. El “nosotros” se
refiere a ella y a Palma Guillén. Publicada por Luis
Vargas Saavedra. El otro suicida de Gabriela Mistral. Op.
cit. p. 791.
[10] Ibid. p. 158.
[11] Teitelboim, Volodia. Gabriela Mistral
pública y secreta. Truenos y silencios en la vida del
primer Nobel latinoamericano. Santiago de Chile: BAT,
1991.
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