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—El mundo se
tambalea, la virgen se llama Juana —canta una voz carcomida por los
años en el patio de la casa. El turista, joven, guapito, de mejillas
imberbes y bermejas, entra a la sala justo cuando se inicia la
tercera estrofa—, y el que no tiene batea, se baña con palangana.
El turista
sonríe y coloca en el suelo su enorme maletín de imitación de piel.
La dueña de la casa, que ha escuchado en silencio su petición de
albergue, lo examina sin disimulo alguno. Se diría que lo pesa, lo
mide y hasta lo palpa con la vista.
—Está bien
—dice al cabo—. Aunque no recibimos huéspedes, vamos a hacer una
excepción con usted, pues se nota que es persona decente. Sólo le
cobraremos cinco dólares diarios —añade. El turista no contesta de
inmediato, para no parecer muy ansioso—.Y lo atenderemos, mis
hermanas y yo, como si fuera de la familia.
—Y le
plancharemos la ropa y le daremos de comer —silabea otra voz a su
espalda. El turista reconoce a la que cantaba en el patio.
—Y hasta le
pondremos talquito en el culín.
El turista
ríe a carcajadas. Las tres mujeres le hacen coro. Vaya, tienen
sentido del humor, piensa. Y siente una punzada de remordimiento
anticipado. Las pobres.
Desde la
sala se divisa un patio central en que las plantas descuidadas
crecen con libertad de jardín galo. Una hilera de cuartos da a un
pasillo largo y lóbrego que bordea el patio. Al fondo han de quedar
el comedor y la cocina, calcula el turista, pero la penumbra de la
tarde que muere le impide cerciorarse. Es una lástima. Él siempre
procura establecer de antemano un plano mental de los lugares de
trabajo.
Mientras las
viejas encomian la vivienda él se dedica a detallarlas. La de los
ojos duros y brillantes tiene el cabello lacio y cara de mal genio.
Si se muestra amable con él, presiente, es exclusivamente porque
necesita los dólares del hospedaje. La otra, la que cantaba, lleva
el pelo rizado y púrpura, con una margarita mustia tras la oreja
derecha. A la tercera le cubren el cráneo unas guedejas
transparentes.
Las tres
pasan de los setenta años. Las tres son flacas. Las tres sonríen sin
dientes y lo acarician con sus manos apellejadas, ronroneando
felinas. Venga con nosotras, señor. Ya verá qué cómoda es la cama,
qué marmóreo el lavabo. Ya verá. Y él se deja llevar, preguntándose
si no habrá nadie más en la casona y si tendrán las viejas (que
ojalá no lo tengan) un timbre de voz de los que se oyen a cien
metros en medio de la noche.
Apenas las
escucha, tratando de meterse la casa en las pupilas con cada paso
que da. Aquel florero de cristal de Murano que adorna la consola de
la sala, ¿cuántos años tendrá? Calcula su valor. Sus tallados, tan
finos y abundantes como las arrugas de las tres viejas, sugieren un
trabajo de finales del siglo diecinueve. Y aquella Tiffany –¿legítima?–
que divisó a través de la ventana protegida por barrotes de hierro.
Fue su atracción la que lo que decidió golpear con el aldabón de
bronce sobre el arruinado portón de corte palaciego y a pedir, con
cara y voz de viajero inocente, posada en la casona. Ya la tiene
delante. Es toda una joyita, saliva con fruición. Pero no está
seguro de su autenticidad, que él no es sino un inexperto, cerril
aún cazador de antigüedades.
Prosigue su
inspección. Los candelabros patinados por el tiempo que coronan el
piano parecen ser de plata. Con disimulo les pasa un dedo por encima,
pero no puede examinarlos. Las viejas ya lo toman de la mano y tiran
de él hacia el pasillo, oscuro y entreverado de recovecos
polvorientos. Le recuerda las películas de terror, en las que
siempre acecha el asesino desde una esquina penumbrosa. Algo le roza
la cara y lo hace recular.
—Ay, esas
telarañas…—suspira la mandamás—. Es que ya no hay quién limpie ni
quién haga nada en este país… ¿Se asustó?
Él va
meditabundo. Normalmente estudia a sus víctimas durante una semana
por lo menos. Computa sus horarios, se aprende su rutina. Pero esta
vez ha cedido al impulso del momento, hipnotizado por la Tiffany. La
avaricia rompe el saco, pero el turista está seguro de que esta vez
no se romperá nada. O si se rompe algo, será quizás una cabeza, o
dos o tres. Débiles, caducas, ya de poca importancia. Porque ¿para
qué quieren vivir estos esperpentos menos conservados que sus
tesoros, a ver? Se acuerda de Raskolnicov pero no le atormentan los
remordimientos. Sin dudas ha avanzado la humanidad y ya se sabe que
ciertos crímenes no merecen castigo.
Hasta ahora,
el turista se ha limitado a operaciones en diminuta escala. Ha
aprendido a pedir albergue en casas destartaladas, pero con buenos
muebles; a ganarse la confianza de los dueños; a marcharse furtivo,
llevándose en el maletín una porcelana vetusta, un pulso de oro
sobreviviente a las penurias socialistas, una miniatura otoñal… Nada
más. Hasta ahora, nada más.
Nunca lo han
acusado. Él escoge a sus víctimas. Son las que temen que si le
denuncian darán con sus desamparados huesos en la cárcel, por
arriendo ilegal de la vivienda. Suelen pasar de los setenta abriles
y sobreviven, en los duros noventa, lo menos mal que pueden. Viven
solas y no quieren problemas. Y confían en los extranjeros. Su
juventud, su carita de niño bueno y, en especial, su acento, le
abren todas las puertas al turista. Él sabe. Siempre se va con algo.
Verdad es que, hasta ahora, no ha conseguido más que pagarse el
pasaje de ida y vuelta a su tierra con el contenido del maletín.
Pero hoy barrunta que dará un golpe en grande. Esta casa atiborrada
de antigüedades, que parece un museo, no lo defraudará.
Ya cerrado
el trato, echa una ojeada al cuarto que le destinan. Hay muebles
viejos, sólidos, pero ningún adorno, salvo una estampa de la virgen
de la Caridad en la pared. Y las viejas lo arrastran al comedor,
arrullándolo con mimoserías ñoñas:
—Venga, que
le vamos a servir una rica sopita.
—Para que
tenga fuerzas cuando encuentre una noviecita.
—Ay, pero no
se vaya a buscar una negrita.
La sopita,
verdosa y agridulce, le revuelve el estómago. Las viejas saborean
sus respectivas raciones, manejando con gracia señoril sus cucharas
de plata repujada. Para no hacerles un desaire, el turista también
se traga a sorbos su brebaje. Le encuentra diez sabores, y el mejor
es a porquería. La pared que queda frente a él destila. ¿Agua de
lluvia? ¿Orines de gato? Lo que sea se escurre hacia el suelo,
dejando un rezumo triste a su paso.
Murmurando
una excusa, el turista se pone de pie para irse a su cuarto. Aunque
trata de impedirlo, las viejas insisten en acompañarlo, en hacerle
la cama donde el muelle saltado de un bastidor esquelético lo recibe
con soberano pinchazo entre las nalgas cuando se deja caer en él.
Por dignidad se calla, pero se ha sentido el aguijonazo hasta en los
pliegues del intestino grueso.
— ¿Está
cómoda, eh? —Sonríe la mandamás y a él se le antoja percibir un tufo
de ironía en su aliento ácido—. Ni en Habana Libre, ni en el mejor
hotel…
La pelirroja
saca del ciclópeo escaparate de caoba una colcha que despide olor a
guardado, a óxido y sudario.
—Era de
nuestra madre —dice—, que en paz descanse. Se murió en esta misma
cama donde se va a acostar usted.
La calva,
que se miraba en el espejo ahumado de la cómoda, se vuelve y
silencia a su hermana con un pellizco feroz en el brazo.
—No le haga
caso a ésta, señor, que ya chochea —dice la mandamás—. Mamá murió en
la Quinta Covadonga. En esta casa no hay fantasmas, gracias a Dios.
—El baño
está a su izquierda —desvía la conversación la calva—. No tenemos
papel porque hace años que no viene por la libreta, pero ahí le
dejamos unas revistas. Son españolas, Hola, suavecitas…
Al fin se
largan. El turista se recuesta con cuidado en la cama, evitando el
muelle traidor. Malditos esperpentos con sus venas azules, sus
cuellos transparentes y sus voces enronquecidas.
Ninguno de
los otros cuartos, ya lo ha notado al recorrer el pasillo, tiene
cerradura. A las doce, quizás un poco antes, abandonará el suyo.
Primero se ocupará de las viejas. No hay que entrar en
detalles, todavía. Sólo se ocupará. Pasado el trance, meterá
la Tiffany, los candelabros y el florero en el maletín. Después
mirará en todos los escaparates. Algo encontrará en ellos. ¿Joyas,
vajilla, más cubiertos de plata? Y se irá, protegido por las sombras.
Se irá.
Las horas de
la noche avanzan con la olímpica calma de modelos en una pasarela. Y
este chico del maletín enorme, que acaba de cumplir veintitrés años,
tiene miedo. Porque nunca ha matado a nadie. Porque sus ínfulas se
han congelado en aquella habitación en que las paredes también
rezuman un llanto de perlas frígidas. Ya metido en la cama, tapado
con una colcha contemporánea de su madre, piensa y tiembla en
silencio, y hasta se aventura a rezar.
¿Cómo
ocuparse de las viejas? Se dice fácil pero ay, qué difícil es.
Él siempre ha sido muy devoto. De la Virgen de Guadalupe y también
de la de Fátima, con su rosario y sus tres pastorcillos. No, no hay
una virgen Juana, vaya copla idiota. Se persigna con mano trémula
frente a la imagen de la Caridad que lo observa severa desde la
pared. Ay virgencita, qué difícil es.
Y el tiempo
se desliza como la sopa en su garganta, dejándole en la boca un
gusto acre. Las nubes bajas, que se ven desde su ventana, anuncian
que no tardará en caer un aguacero. Siente un deseo irresistible,
urgente, de ir al baño o de orinar allí mismo, sobre la colcha
apolillada.
La oscuridad
cae sobre él como cuchilla de dos filos, al apagarse al mismo tiempo
el farol de la calle y la lámpara de la habitación. El turista deja
escapar un grito. Antes lo habían rodeado las piezas de caoba: el
escaparate ciclópeo, la cómoda con el espejo turbio y el sillón
desfondado. Ahora, sólo una lobreguez que cada vez se espesa más.
Siente que las paredes lo comprimen, lo estrujan y lo conminan a
salir.
Él piensa
que qué bueno el apagón, así no me verá nadie cuando me vaya. Trata
de darse ánimos, pero no se atreve a moverse. Tiene miedo este
pequeño pecador, aprendiz de asesino. Tiene miedo. Con mil
precauciones se vuelve a recostar, procurando apaciguar su vejiga
repleta.
Cloc cloc
cloc. ¿Y qué será ese ruido, un roce maderable sobre las losetas del
piso? En esta casa no hay fantasmas. Se cubre hasta el cuello
con la colcha y vuelve a persignarse. Gracias a Dios.
Por un
instante acaricia tímidamente la idea de huir. Podría salir de
puntillas, atravesar la sala, ganar la puerta y correr hacia la
avenida, pedir un taxi y refugiarse en un hotel. Se imagina la
habitación climatizada, con luz, televisión y una cerveza Hatuey en
la mesa de noche…¿Pero él es hombre o no? Tratándose de pendejo,
rechaza la tentación y se soba los testículos encogidos. Intenta
concentrarse en el botín. Esa Tiffany. El florero de cristal de
Murano. La vajilla de plata. Oh.
Cloc cloc
cloc. El turista se estremece. Piensa en un esqueleto tambaleante
que lo procura bajo el traidor abrigo de la noche cubana. Cloc cloc
cloc. Se levanta de un brinco, tira la colcha a un lado y sale a
tientas del cuarto.
Ha
comprendido que no, que no se ocupará, como pensaba, de las
viejas. Él no tiene valor para cargarse a nadie, Dios lo libre.
Menos a una de esas abuelas respetables, que quién sabe si atacada
de insomnio, le da cien vueltas a la casa y abre el refrigerador y
quizás se toma una pastilla para los nervios y regresa a la cama,
dejándolo a solas con su miedo a la oscuridad y su ansia de orinar.
No señor, él
no es un asesino. Esperará un poco más y cuando todo esté otra vez
en calma y la vieja acostada, saldrá a meter en el maletín la
lámpara, los candelabros, el florero… Y le asalta la duda, si será
de Murano o imitación barata, que también antes las hacían. Mejor
dejarlo, no sea que se le caiga y haga ruido. Se llevará sólo la
lámpara. Y un candelabro. Y ya.
Con pisadas
de felpa recorre el pasillo. Sus ojos se acostumbran poco a poco a
la oscuridad. Mira hacia arriba y el techo parece quedarle a diez
metros de altura. Al fin llega a la sala. La pantalla de la Tiffany
se balancea, bailoteando al compás del leve aire de agua. Y ya
tiende las manos hacia ella cuando lo sorprenden las luces.
Son tres
estrellas descendidas, puñales breves que se clavan en la penumbra.
Vienen por el pasillo y oye más claro el ruido. Cloc cloc cloc.
Huesos sobre baldosas. Débiles pies que se deslizan sobre losas
pulidas. Allí están las tres luces. Junto a él.
El ataque es
tan rápido que no tiene tiempo de reaccionar. La oscuridad del
apagón se le mete toda dentro del cráneo incrustada a golpes de olla
de hierro, de mango y filo de cuchillo, impulsada por brazos
descarnados que se alzan implacables sobre él. La puerta de su
cuarto se cierra bruscamente, por el aire de agua.
Luego, de
nuevo sobre la colcha de encajes, pero ahora ya sin miedos ni deseos,
desnudo, casi intacto, duerme su último sueño el turista del maletín.
Tres velas de sebo se consumen sobre la cómoda, aumentando la
turbulencia del espejo. Ha empezado a llover. De la tierra húmeda
sube un vaho cálido y tenaz. Huele a hierba mojada, a jazmín del
Cabo y a gajos de naranjo podrido.
La vieja de
los ojos duros cuenta el dinero que le ha sacado de la billetera al
turista y se incomoda porque no llega a los trescientos dólares:
—Me cago en
la madre de estos extranjeros muertos de hambre. Vamos a pedir
cincuenta dólares de entrada y si no pueden pagarlos les decimos que
no. Ah, y hay que guardar el señuelo en cuanto se metan al cuarto.
El día menos pensado un vivo se nos adelanta y nos lleva la Tiffany
y nos jode.
La pelona no
parece escucharla. De las entrañas del maletín extrae un frasquito
de perfume, imitación de Polo. Se da un toque detrás de las orejas.
La del pelo rizado y rojo –menos pragmática, más tierna o más sutil–
acaricia los vellos negros del pubis que se ofrece a sus manos
sarmentosas y repite su copla con la voz carcomida por los años:
—El mundo se tambalea, la virgen se llama Juana y el que no
tiene batea se baña con palangana —mientras las otras dos le hacen
coro entre dientes.
Teresa Dovalpage
nació en La Habana, Cuba (1966). Terminó una
Licenciatura en Lengua y Literatura Inglesa y una Maestría en
Literatura Española en la Universidad de La Habana. Desde 1996
reside en Estados Unidos. Actualmente vive en Albuquerque y estudia
el Doctorado en Literatura Latinoamericana en la Universidad de
Nuevo México. Ha publicado dos novelas: A Girl like Che Guevara (en inglés, abril de 2004, Soho Press) y
Posesas de La Habana (en
español, PurePlay Press, agosto de 2004), así como artículos en
Hispanic Magazine, Latina Style y otras revistas.
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