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Borges, en pocas palabras, de manera típica y genialmente
escueta, nos recuerda que la literatura es selectiva.[1]
Y nos lo dice tanto o más que con las palabras, con los
famosos silencios borgiano, vacíos interpretativos que no
solamente nos invitan, sino que curiosamente nos insinúan y
facilitan la continuación y remate de sus pensamientos. Y,
claro, el arte tiene que ser selectivo porque la vida es muy
compleja. La obra literaria busca editar esta complejidad
para hacerla más manejable, aunque el resultado quede
genuinamente abierto, todavía, a infinidad de posibles
interpretaciones, de todas las cuales el autor no puede ser
consciente. Es el crítico el que se aferra a un número muy
reducido de hilos, normalmente uno sólo, de todos los que
forman el entramado que es el objeto literario. Pues bien, el
que yo he seleccionado en este cuento[2] me
ha llevado a ver, en toda su desnudez, una mujer objeto.
Todos nosostros, hombres y mujeres, en algún momento somos
objetos para otros, para el Otro, por no decir que lo somos en
virtualmente todas nuestras vidas.[3]
Pero Borges coloca su lupa sobre una mujer, Juliana Burgos.
Los hombres en esta historia, los hermanos Nelson, se antojan
enérgicos, independientes, activos y son abusadores, o sea,
están en el extremo opuesto al de nuestra protagonista. Sin
embargo, quizás, y apuntando a lo aludido arriba sobre las
genialidades que se les escapan a veces a las consciencias de
los autores, haya mucho en ellos, también, si no más, de lo
que hay en Juliana. Pero empecemos por ella.
Una palabra, por sí sola, “usala”, condensa el problema que se
encierra bajo el concepto “objeto” cuando éste se refiere al
ser humano. Es una palabra que Cristián dirige, casi con
cariño y piedad, a su hermano Eduardo y el contexto es “Ahí la
tenés a la Juliana, si la querés usala.” (153). Y aquí no es
cuestión de simples excesos, o lo que otros llamarían
perversiones, sexuales. Nada de eso. Simplemente ella no es
nada. Sabemos que oye la oferta, que es hecha sin contar con
ella, y que no le gusta, aunque su condición de cosa casi
absoluta a duras penas deja lugar para percibirlo. Pero nos
lo dice el narrador, aunque muy suavemente: “[ella] no podia
ocultar alguna preferencia, sin duda por el menor [Eduardo],
que no había rechazado la participación, pero que no la había
dispuesto.” (153. Resaltado mío.)
No sabemos cuáles son las cirsunstancias que reificaron a esta
bella mujer ni cuándo empezó el proceso ni cuánto duró, aunque
lo podemos intuir. Se manifiesta como el resultado lógico de
un vacío en la narración. Borges siempre defendió estos
espacios en blanco tan sugerentes y enriquecedores, una
especie de protesta contra la verborrea narrativa. Por esto
prefirió el cuento a la novela. No nos hacen falta los
detalles, cuando el resultado está ahí, patente. Y en cuanto
a ella, en todo el cuento nunca vemos, ya no un intento de
pedir auxilio, ayuda, a un amigo, a un familiar, a alguien,
sino ni un pensamiento ni siquiera una fantasía, un soñar
despierta con un príncipe azul imposible. La sospechamos
totalmente sola. Una de las condiciones más tristes del ser
humano, de la que ni siquiera sufrían esos profesionales
voluntarios de la soledad, los anacoretas de todas las épocas.
Acepta ultrajes, no por ser humilde, aunque lo es, sino porque
ya no le queda ninguna esperanza. No sabemos cuándo ni cómo
se evaporó su ilusion, pero esta ausencia de sueños nos grita
con su presencia.
“No era mal parecida”, “Cristián llevó a vivir con él a
Juliana Brugos”, se la encontró en uno de sus viajes, “es
verdad que ganaba así a una sirvienta” y “la lucía en las
fiestas.” (152). Es el Ferrari del hermano mayor, cuando
aquellos aún no existían. La acción ocurre en el siglo XIX
“hacia mil ochocientos noventa y tantos” (151). Y se puede
decir que sería el tractor de los Nelson, si tuvieran tierras
y ellos se lo pidieran; y lavadora, secadora y escoba, que ya
ni barrendera sino escoba, y el “ajax” de la letrina y,
naturalmente, muleta de su hombría. Nuestra pobre mujer no es
nada: “[Cristián] se despidió de Eduardo, no de Juliana, que
era una cosa […]”, “[u]n día [los dos hermanos] le mandaron
[…] que sacara dos sillas al primer patio y que no apareciera
por ahí, porque tenían que hablar.” (153).
Hay un breve momento de expectativa, no en ella, que ya no le
queda, sino en nosotros, los lectores, cuando tropezamos con
la palabra “bestial”. “Bestial” implica vida, lo contrario de
cosa, incluso lejos de “vegetal”. Puede ser, entonces, que
aún le quede alguna energía, algún residuo visible de
humanidad. Pero en nuestra relación con ella, hasta nosotros,
desde nuestras cómodas sillas, nos quedamos frustrados cuando
vemos el sustantivo al que califica esa palabra: “La mujer
atendía a los dos con sumisión bestial.” (153). Lo bestial en
ella es la sumisión.[4]
Obviamente acabo de utilizar una exageración poética, una
hipérbole, al aludir a la cosificación total, absoluta, con el
fin de apuntar hacia algo que es real, palpable. Pero su
situación es todavía peor porque ningún ser humano puede ya
dejar de serlo mientras viva. Aún en los casos más extremos,
siempre quedará un residuo visible de humanidad, lo cual
algunos lo podrían ver como una especie de maldición. Un
objeto no sufre. Pero un hombre, una mujer, aunque sea menos
que un trapo sucio, siempre siente, siempre será también,
además de trapo, un ser humano. Está encerrado en una cárcel.
No se puede regresar al Paraíso, como diría Erich Fromm. Y
por lo tanto estamos condenados a sufrir. Ni somos
completamente un paquete de instintos, animales irracionales,
por seguir citando a Fromm, ni dejamnos de ser animales. Ni
estamos aquí ni allí, lo cual ya nos sitúa en una posición
ambigua, de angustia. En este sentido estamos en desventaja
con ellos y con las plantas, que están definidas, en el
sentido etimológico de “delimitadas”, y programadas. Pero
para nosotros, el regreso, el famoso regreso freudiano y
neofreudiano a la seguridad del vientre materno, nos está
vedado, aunque algunos creen encontrar un resquicio por donde
colarse: en el suicidio. La locura tampoco es una respuesta
apropiada. Esta, aunque sea un defensa, lo es sólo de manera
parcial. Y además es también una muerte, social, en vida.
Por lo tanto, es problemática. Queda en puro autoengaño.
Juliana Burgos, desde esta perspectiva, es una heroína.
Pero desviemos la luz del foco, durante un momento, hacia los
personajes masculinos. “Fueron troperos, cuarteadores,
cuatreros y alguna vez tahures. […] avaros […pero] la bebida y
el juego los volvían generosos […] Malquistarse con uno era
contar con dos enemigos.” (152). No hace falta decir mucho
más para tener una idea de la personalidad de estos dos
personajes que nos han colocado delante: nivel tribal de
existencia. O, mejor dicho, ni siquiera eso, sino un paso
anterior, pretribal. Podríamos muy fácilmente justificar este
modo de ser: el medioambiente, la supervivencia, la mejor
respuesta dentro de las condiciones existentes. No es mi
interés hacer juicios morales, sino tartar de ver los resortes
que empujan y canalizan al ser, que en última instancia somos
todos nosotros, hacia ciertos tipos de comportamiento, las
causas no tan inmediatas, menos superficiales, un poco más
profundas, y hacer esto con la intención de resaltar lo que,
en este caso, Borges nos ha dicho de otro modo, el artístico.
Y, desde la primera lectura, es obvio que estamos ante dos
seres que se relacionan con el mundo de manera defensiva.
Pero los caparazones que defienden también aíslan. Y el que
han levantado los hermanos Nelson, les asfixia, pues, debido a
su comportamiento defensivo-agresivo, no tienen una relación
genuina con nadie, excepto con una sola persona. A cada uno
de ellos sólo le queda una tabla de salvación para no sentirse
realmente solo, para no caer en la desesperación. Y ése es el
hermano que tiene delante.
Si aceptamos que algún tipo de relación es esencial para
mantener la cordura[5] y
que si no nos arriesgamos a eliminar las defensas, lo que
siempre implica el riesgo de volvernos vulnerables, sólo
podemos lograr una humanidad disminuída con todas las
consecuencias para la salud mental que esto implica, entonces
podemos comprender el valor que adquiere la amistad, en este
caso la de un hermano para el otro. Son, cada uno de ellos,
el último recurso que le queda al otro y, claro, lo defienden
con dientes y uñas. “[L]os Nilsen [Nelson] defendían su
sodedad […] no es imposible que debieran alguna muerte.
Hombro a hombro pelearon una vez a la policía,” (151-152).
Han levantado una muralla protectora alrededor de los dos,
precisament para no perder este último residuo relacional que
les queda. Los juegos, las borracheras, las salidas a las
prostitutas y todo lo demás es sólo la careta, el disfraz que
esconde la angustia, quizás no consciente, de estar al borde
de un abismo. Cada uno de ellos es el proverbial clavo
ardiendo para el otro. No pueden soltarlo. En cierto modo,
genética y culturalmente han tenido suerte: son valientes,
decididos, arriesgados, aunque no tanto como para deshacerse
de ese escudo que les rodea. Esto último, desde su
perspectiva, equivaldría a temeridad, no a valentía. Pero
esas murallas defensivass tan apropiadas, tan deseadas, tan
cómodas, aíslan de todo lo que queda al otro lado.
Aislamiento que, a su vez, hay que compensar de alguna manera
y que empuja aún más a las borracheras y todo lo demás,
creando el conocido círculo vicioso.
No infrecuentemente este tren de vida lleva a un relativo
éxito social, pero aún en estos casos el costo es muy alto:
desnaturaliza. Y como nuestra naturaleza es la humana,
entonces, por pura lógica, podemos reemplazar esa palabra por
otra: deshumaniza. Una persona así, para llegar ahí, ha
tenido que desarrollar una habilidad manipuladora refinada.
Manipular es usar a otra persona como cosa, como instrumento,
para fines propios. En “La intrusa” vemos el resultado de
todo esto. Es cierto que estamos ante un ejemplo de egoísmo
en grado exrtremo, algo que quedará confirmado al final del
cuento. Pero estos casos producen sus frutos, uno de los
cuales es, precisamente, el exhibido por Cristián y Eduardo
Nelson en su relación con todo lo que les rodea. Es el único
modo de relacionarse que les queda ya. Por lo cual tenemos
que preveer que ellos mismo, entre sí, se usan también, como
medio de defensa mutua, aunque por la necesidad imperiosa ya
mencionada, se dan preferencia de trato y mantienen la
utilización recíproca, la abierta y descarada, en suspenso y
lejos de sus conciencias.
El prefijo “des-“ en la palabra “deshumaniza” apunta a la
pérdida de lo que un individuo tiene de persona. Es una resta
que nos da como resultado al individuo-objeto. Por lo tanto,
en esto, quedan igualados a Juliana Burgos. Al igual que ella,
y a pesar de las apariencias, ellos son cosas. Y quizás más
que ella. La única diferencia es cómo se exhibe la patología:
como abusador o como abusado. El vacío a llenar es tan grande,
que hay casos en que el maltratado puede hasta desarrollar
placer, de manera similar al que produce el pinchazo a un
heroinómano. El sadismo y el masoquismo son simplemente dos
manifestaciones distintas de un mismo problema, con un mismo
origen. Pero curiosamente éste no parece ser el el caso de
nuestra Juliana. El masoquismo, aunque patológico, es todavía
una búsqueda vital. Es un acto desesperado. Ella está más
allá, “pasa de” todo esto.
Juliana adorna, públicamente, la hombría de los hermanos
Nelson, privadamente les colma y relaja sus necesidades
sexuales, les cuida de todas las maneas imaginables, les mima
y, sin embargo, es vista como una intrusa, al poner en peligro
la relación última, i n d i s p e n s a b l e, entre ellos.
Era también un deshonor para Cristián, el compartirla, debido
a la ideología del lugar y época. Se convierte, sin
proponérselo, en una cuña entre los dos hermanos. Por ello
deciden deshacerse de ella y la venden como prostituta a un
prostíbulo. Y, claro, sólo se puede vender una cosa. Y donde
no hay condiciones legales de esclavitud, o coerción
insuperable, sólo un objeto, como ella, se puede mostrar
totalmetne pasivo ante tal acción. Con todo, una relación así,
tan de poner continua y constantemente la otra mejilla,[6] es
un lujo que no es fácil de olvidar ni de poder volver a
conseguir, y por ello, los dos hermanos, a escondidas uno del
otro, no pueden evitar visitarla, a pesar de que esto les
vuelve a colocar al borde del abismo que les empujó
inicialmente a librarse de ella.
Ahora están ante un dilemma: o ellos o ella. Pero “[e]n el
duro suburbio, un hombre no decía, ni se decía, que una mujer
podría importarle, más allá del deseo y la posesión […] Esto,
de algún modo, los humillaba.” (53). Es, por ello, asesinada.
“[Y]a no nos hará más perjuicios. [//] Se abrazaron, casi
llorando. Ahora los ataba otro vínculo: la mujer tristemente
sacrificada”[7] (155.
Enfasis mío.) Los Nelson acaban de cortar el penúltimo eslabón
que les mantenía cuerdos, acaban de subirse al último peldaño
que les separa de la locura o del suicidio.
Notas
[1] “[Y]a
preveo que cederé a la tentación literaria de acentuar
o agregar algún pormenor.” Jorge Luis Borges, Nueva
antología personal (México, DF: Siglo veintiuno, 1978),
151 (énfasis mío.)
[2] “La
intrusa,” obra citada.
[3] Esto
se desprende claramente, por ejemplo, de la obra de Martín
Buber, y de manera especial en su publicación seminal: Martin
Buber, I and Thou. Trad. Ronald Gregor Smith (New
York: Collier Books, 1987)
[4] Lo
que dice Fromm sobre la sumisión podría ser iluminativo.
Resumiendo mucho nos dice que ante la necesidad absoluta,
indispensable, de relacionarse, uno opta por la sumisión como
mal menor cuando no se ve otra respuesta posible. Algunas de
estas otras posibilidades, patológicas, serían, entre otras,
el dominio, la locura o el suicidio. Erich Fromm, The Sane
Society (New York: Holt, Rinehart and Winston, 1976) 30
[5] El
hecho de la imposibilidad de aislarnos totalmente está ya
claramente implícito en la famosa definición que del “Yo” hace
Ortega y Gasset: “Yo soy yo y mi circunstancia.” (Resaltado
mío.) Este tema está aún más desarrollado, y de manera muy
clara, en la obra del famosísimo erudito judío, Martín Buber,
ya mencionada en la nota no. 3 arriba, aunque muchos, incluso
“expertos”, la consideran difícil de leer y, por lo tanto,
esto pudiera requerir futuros ensayos. También está
diseminado en la obra de Erich Fromm y en muchos otros, entre
ellos, los hebreos antiguos, quienes lo pusieron en boca, nada
menos que de Dios: “No es bueno que el hombre esté solo.” Y
aunque el contexto bíblico se refiere explícitamente a la
mujer como compañera, por deducción, si aceptamos que está en
la naturaleza de ella ser compañera, entonces es que, con más
razón, tampoco es bueno para ella el estar sola. Otros
pasajes, independientemente de si son vistos desde una
pespectiva religiosa o no, o sea, como mitos, apuntan a lo
mismo, al hencho de que la relación humana es inherente a
todos. Un ejemplo más sería “amarás a tu prójimo …”.
[6] Aunque
es importante notar que este comportamiento no le nace
voluntariamente, es decir, desde una posición de independencia.
Pues uno tiene que sospechar que la conminación bíblica, si
pretende tener algún valor, tiene que estar dirigida a seres
libres.
[7] Fromm
nos dice que el ser humano siente la necesidad imperiosa de
transcenderse. Y que si no puede crear, va a destruir. Hay
grados de destrucción. Pero en última instancia, “if I
cannot create life, I can destroy it. To destroy life makes
me also to transcend it.” (“Si no puedo crear vida, la
puedo destruir. Destruirla es otra manera de transcenderla.”)
Erich Fomm, obra citada, p. 37.
Jesús Freire Álvarez
nació en León, España (1942). Se doctoró
en Literaturas Hispánicas en la Universidad de Iowa, en Iowa
City. En la actualidad es director de Language and
International Trade, coordinador del programa de International
Business y es catedrático de Lengua y Literatura en la
Universidad Estatal de Nueva York en Oswego. Ha estudiado en
profundidad la filosofía de Martín Buber. Sus múltiples
conferencias han tenido gran demanda precisamente por el
enfoque desde esta filosofía. Es especialista en Ficción
Peninsular del Siglo de Oro, Teatro Peninsular del Siglo de
Oro, Ortega y Gasset y Literatura Fantástica Latinoamericana.
Sus conferencias y ensayos han sido publicados en revistas
especializadas en estos temas. Ha pasado su juventud en muchos
países. Entre otros ha vivido en Colombia, donde enseñó en la
Universidad Javeriana en Bogotá, y en Inglaterra y Francia.
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