Miami
Estados Unidos
Año VI

 Nº35/36

Escríbanos    

 

Publicada por Ediciones Baquiana

Director Ejecutivo

Patricio E. Palacios

Directora de Redacción

Maricel Mayor Marsán

Asesores Técnicos

Daniel Berdeguer

Luis H. Beltran

Asesor de Arte

Carlos Quevedo

 

 

 

 

MUJER OBJETO

  por

 Jesús Freire Álvarez


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     Borges, en pocas palabras, de manera típica y genialmente escueta, nos recuerda que la literatura es selectiva.[1]  Y nos lo dice tanto o más que con las palabras, con los famosos silencios borgiano, vacíos interpretativos que no solamente nos invitan, sino que curiosamente nos insinúan y facilitan la continuación y remate de sus pensamientos.  Y, claro, el arte tiene que ser selectivo porque la vida es muy compleja.  La obra literaria busca editar esta complejidad para hacerla más manejable, aunque el resultado quede genuinamente abierto, todavía, a infinidad de posibles interpretaciones, de todas las cuales el autor no puede ser consciente.  Es el crítico el que se aferra a un número muy reducido de hilos, normalmente uno sólo, de todos los que forman el entramado que es el objeto literario.  Pues bien, el que yo he seleccionado en este cuento[2] me ha llevado a ver, en toda su desnudez, una mujer objeto. 

     Todos nosostros, hombres y mujeres, en algún momento somos objetos para otros, para el Otro, por no decir que lo somos en virtualmente todas nuestras vidas.[3]  Pero Borges coloca su lupa sobre una mujer, Juliana Burgos.  Los hombres en esta historia, los hermanos Nelson, se antojan enérgicos, independientes, activos y son abusadores, o sea, están en el extremo opuesto al de nuestra protagonista.  Sin embargo, quizás, y apuntando a lo aludido arriba sobre las genialidades que se les escapan a veces a las consciencias de los autores, haya mucho en ellos, también, si no más, de lo que hay en Juliana.  Pero empecemos por ella. 

     Una palabra, por sí sola, “usala”, condensa el problema que se encierra bajo el concepto “objeto” cuando éste se refiere al ser humano.  Es una palabra que Cristián dirige, casi con cariño y piedad, a su hermano Eduardo y el contexto es “Ahí la tenés a la Juliana, si la querés usala.”  (153).  Y aquí no es cuestión de simples excesos, o lo que otros llamarían perversiones, sexuales.  Nada de eso.  Simplemente ella no es nada.  Sabemos que oye la oferta, que es hecha sin contar con ella, y que no le gusta, aunque su condición de cosa casi absoluta a duras penas deja lugar para percibirlo.  Pero nos lo dice el narrador, aunque muy suavemente: “[ella] no podia ocultar alguna preferencia, sin duda por el menor [Eduardo], que no había rechazado la participación, pero que no la había dispuesto.” (153.  Resaltado mío.) 

     No sabemos cuáles son las cirsunstancias que reificaron a esta bella mujer ni cuándo empezó el proceso ni cuánto duró, aunque lo podemos intuir.  Se manifiesta como el resultado lógico de un vacío en la narración.  Borges siempre defendió estos espacios en blanco tan sugerentes y enriquecedores, una especie de protesta contra la verborrea narrativa.  Por esto prefirió el cuento a la novela.  No nos hacen falta los detalles, cuando el resultado está ahí, patente.  Y en cuanto a ella, en todo el cuento nunca vemos, ya no un intento de pedir auxilio, ayuda, a un amigo, a un familiar, a alguien, sino ni un pensamiento ni siquiera una fantasía, un soñar despierta con un príncipe azul imposible.  La sospechamos totalmente sola.  Una de las condiciones más tristes del ser humano, de la que ni siquiera sufrían esos profesionales voluntarios de la soledad, los anacoretas de todas las épocas.  Acepta ultrajes, no por ser humilde, aunque lo es, sino porque ya no le queda ninguna esperanza.  No sabemos cuándo ni cómo se evaporó su ilusion, pero esta ausencia de sueños nos grita con su presencia. 

     “No era mal parecida”, “Cristián llevó a vivir con él a Juliana Brugos”, se la encontró en uno de sus viajes, “es verdad que ganaba así a una sirvienta” y “la lucía en las fiestas.” (152).  Es el Ferrari del hermano mayor, cuando aquellos aún no existían.  La acción ocurre en el siglo XIX “hacia mil ochocientos noventa y tantos” (151). Y se puede decir que sería el tractor de los Nelson, si tuvieran tierras y ellos se lo pidieran; y lavadora, secadora y escoba, que ya ni barrendera sino escoba, y el “ajax” de la letrina y, naturalmente, muleta de su hombría.  Nuestra pobre mujer no es nada: “[Cristián] se despidió de Eduardo, no de Juliana, que era una cosa […]”, “[u]n día [los dos hermanos] le mandaron […] que sacara dos sillas al primer patio y que no apareciera por ahí, porque tenían que hablar.” (153). 

     Hay un breve momento de expectativa, no en ella, que ya no le queda, sino en nosotros, los lectores, cuando tropezamos con la palabra “bestial”.  “Bestial” implica vida, lo contrario de cosa, incluso lejos de “vegetal”.  Puede ser, entonces, que aún le quede alguna energía, algún residuo visible de humanidad.  Pero en nuestra relación con ella, hasta nosotros, desde nuestras cómodas sillas, nos quedamos frustrados cuando vemos el sustantivo al que califica esa palabra: “La mujer atendía a los dos con sumisión bestial.” (153).  Lo bestial en ella es la sumisión.[4] 

     Obviamente acabo de utilizar una exageración poética, una hipérbole, al aludir a la cosificación total, absoluta, con el fin de apuntar hacia algo que es real, palpable.  Pero su situación es todavía peor porque ningún ser humano puede ya dejar de serlo mientras viva.  Aún en los casos más extremos, siempre quedará un residuo visible de humanidad, lo cual algunos lo podrían ver como una especie de maldición.  Un objeto no sufre.  Pero un hombre, una mujer, aunque sea menos que un trapo sucio, siempre siente, siempre será también, además de trapo, un ser humano.  Está encerrado en una cárcel.  No se puede regresar al Paraíso, como diría Erich Fromm.  Y por lo tanto estamos condenados a sufrir.  Ni somos completamente un paquete de instintos, animales irracionales, por seguir citando a Fromm, ni dejamnos de ser animales.  Ni estamos aquí ni allí, lo cual ya nos sitúa en una posición ambigua, de angustia.  En este sentido estamos en desventaja con ellos y con las plantas, que están definidas, en el sentido etimológico de “delimitadas”, y programadas.  Pero para nosotros, el regreso, el famoso regreso freudiano y neofreudiano a la seguridad del vientre materno, nos está vedado, aunque algunos creen encontrar un resquicio por donde colarse: en el suicidio.  La locura tampoco es una respuesta apropiada.  Esta, aunque sea un defensa, lo es sólo de manera parcial.  Y además es también una muerte, social, en vida.  Por lo tanto, es problemática.  Queda en puro autoengaño.  Juliana Burgos, desde esta perspectiva, es una heroína. 

     Pero desviemos la luz del foco, durante un momento, hacia los personajes masculinos.  “Fueron troperos, cuarteadores, cuatreros y alguna vez tahures. […] avaros […pero] la bebida y el juego los volvían generosos […]  Malquistarse con uno era contar con dos enemigos.” (152).  No hace falta decir mucho más para tener una idea de la personalidad de estos dos personajes que nos han colocado delante: nivel tribal de existencia.  O, mejor dicho, ni siquiera eso, sino un paso anterior, pretribal.  Podríamos muy fácilmente justificar este modo de ser: el medioambiente, la supervivencia, la mejor respuesta dentro de las condiciones existentes.  No es mi interés hacer juicios morales, sino tartar de ver los resortes que empujan y canalizan al ser, que en última instancia somos todos nosotros, hacia ciertos tipos de comportamiento, las causas no tan inmediatas, menos superficiales, un poco más profundas, y hacer esto con la intención de resaltar lo que, en este caso, Borges nos ha dicho de otro modo, el artístico.  Y, desde la primera lectura, es obvio que estamos ante dos seres que se relacionan con el mundo de manera defensiva.  Pero los caparazones que defienden también aíslan.  Y el que han levantado los hermanos Nelson, les asfixia, pues, debido a su comportamiento defensivo-agresivo, no tienen una relación genuina con nadie, excepto con una sola persona.  A cada uno de ellos sólo le queda una tabla de salvación para no sentirse realmente solo, para no caer en la desesperación.  Y ése es el hermano que tiene delante. 

     Si aceptamos que algún tipo de relación es esencial para mantener la cordura[5] y que si no nos arriesgamos a eliminar las defensas, lo que siempre implica el riesgo de volvernos vulnerables, sólo podemos lograr una humanidad disminuída con todas las consecuencias para la salud mental que esto implica, entonces podemos comprender el valor que adquiere la amistad, en este caso la de un hermano para el otro.  Son, cada uno de ellos, el último recurso que le queda al otro y, claro, lo defienden con dientes y uñas.  “[L]os Nilsen [Nelson] defendían su sodedad […] no es imposible que debieran alguna muerte.  Hombro a hombro pelearon una vez a la policía,” (151-152).  Han levantado una muralla protectora alrededor de los dos, precisament para no perder este último residuo relacional que les queda.  Los juegos, las borracheras, las salidas a las prostitutas y todo lo demás es sólo la careta, el disfraz que esconde la angustia, quizás no consciente, de estar al borde de un abismo.  Cada uno de ellos es el proverbial clavo ardiendo para el otro.  No pueden soltarlo.  En cierto modo, genética y culturalmente han tenido suerte: son valientes, decididos, arriesgados, aunque no tanto como para deshacerse de ese escudo que les rodea.  Esto último, desde su perspectiva, equivaldría a temeridad, no a valentía.  Pero esas murallas defensivass tan apropiadas, tan deseadas, tan cómodas, aíslan de todo lo que queda al otro lado.  Aislamiento que, a su vez, hay que compensar de alguna manera y que empuja aún más a las borracheras y todo lo demás, creando el conocido círculo vicioso. 

     No infrecuentemente este tren de vida lleva a un relativo éxito social, pero aún en estos casos el costo es muy alto: desnaturaliza.  Y como nuestra naturaleza es la humana, entonces, por pura lógica, podemos reemplazar esa palabra por otra: deshumaniza.  Una persona así, para llegar ahí, ha tenido que desarrollar una habilidad manipuladora refinada.  Manipular es usar a otra persona como cosa, como instrumento, para fines propios.  En “La intrusa” vemos el resultado de todo esto.  Es cierto que estamos ante un ejemplo de egoísmo en grado exrtremo, algo que quedará confirmado al final del cuento.  Pero estos casos producen sus frutos, uno de los cuales es, precisamente, el exhibido por Cristián y Eduardo Nelson en su relación con todo lo que les rodea.  Es el único modo de relacionarse que les queda ya.  Por lo cual tenemos que preveer que ellos mismo, entre sí, se usan también, como medio de defensa mutua, aunque por la necesidad imperiosa ya mencionada, se dan preferencia de trato y mantienen la utilización recíproca, la abierta y descarada, en suspenso y lejos de sus conciencias. 

     El prefijo “des-“ en la palabra “deshumaniza” apunta a la pérdida de lo que un individuo tiene de persona.  Es una resta que nos da como resultado al individuo-objeto.  Por lo tanto, en esto, quedan igualados a Juliana Burgos.  Al igual que ella, y a pesar de las apariencias, ellos son cosas.  Y quizás más que ella.  La única diferencia es cómo se exhibe la patología: como abusador o como abusado.  El vacío a llenar es tan grande, que hay casos en que el maltratado puede hasta desarrollar placer, de manera similar al que produce el pinchazo a un heroinómano.  El sadismo y el masoquismo son simplemente dos manifestaciones distintas de un mismo problema, con un mismo origen.  Pero curiosamente éste no parece ser el el caso de nuestra Juliana.  El masoquismo, aunque patológico, es todavía una búsqueda vital.  Es un acto desesperado.  Ella está más allá, “pasa de” todo esto. 

     Juliana adorna, públicamente, la hombría de los hermanos Nelson, privadamente les colma y relaja sus necesidades sexuales, les cuida de todas las maneas imaginables, les mima y, sin embargo, es vista como una intrusa, al poner en peligro la relación última, i n d i s p e n s a b l e, entre ellos.  Era también un deshonor para Cristián, el compartirla, debido a la ideología del lugar y época.  Se convierte, sin proponérselo, en una cuña entre los dos hermanos.  Por ello deciden deshacerse de ella y la venden como prostituta a un prostíbulo.  Y, claro, sólo se puede vender una cosa.  Y donde no hay condiciones legales de esclavitud, o coerción insuperable, sólo un objeto, como ella, se puede mostrar totalmetne pasivo ante tal acción.  Con todo, una relación así, tan de poner continua y constantemente la otra mejilla,[6] es un lujo que no es fácil de olvidar ni de poder volver a conseguir, y por ello, los dos hermanos, a escondidas uno del otro, no pueden evitar visitarla, a pesar de que esto les vuelve a colocar al borde del abismo que les empujó inicialmente a librarse de ella. 

     Ahora están ante un dilemma: o ellos o ella.  Pero “[e]n el duro suburbio, un hombre no decía, ni se decía, que una mujer podría importarle, más allá del deseo y la posesión […]  Esto, de algún modo, los humillaba.” (53).  Es, por ello, asesinada.  “[Y]a no nos hará más perjuicios. [//] Se abrazaron, casi llorando.  Ahora los ataba otro vínculo: la mujer tristemente sacrificada”[7] (155.  Enfasis mío.) Los Nelson acaban de cortar el penúltimo eslabón que les mantenía cuerdos, acaban de subirse al último peldaño que les separa de la locura o del suicidio.

 

 

Notas

[1]  “[Y]a preveo que cederé a la tentación literaria de acentuar o agregar algún pormenor.”  Jorge Luis Borges, Nueva antología personal (México, DF: Siglo veintiuno, 1978), 151 (énfasis mío.)

[2]  “La intrusa,” obra citada.

[3]  Esto se desprende claramente, por ejemplo, de la obra de Martín Buber, y de manera especial en su publicación seminal: Martin Buber, I and Thou.  Trad. Ronald Gregor Smith (New York: Collier Books, 1987)

[4]  Lo que dice Fromm sobre la sumisión podría ser iluminativo.  Resumiendo mucho nos dice que ante la necesidad absoluta, indispensable, de relacionarse, uno opta por la sumisión como mal menor cuando no se ve otra respuesta posible.  Algunas de estas otras posibilidades, patológicas, serían, entre otras, el dominio, la locura o el suicidio. Erich Fromm, The Sane Society (New York: Holt, Rinehart and Winston, 1976) 30

[5]  El hecho de la imposibilidad de aislarnos totalmente está ya claramente implícito en la famosa definición que del “Yo” hace Ortega y Gasset: “Yo soy yo y mi circunstancia.” (Resaltado mío.) Este tema está aún más desarrollado, y de manera muy clara, en la obra del famosísimo erudito judío, Martín Buber, ya mencionada en la nota no. 3 arriba, aunque muchos, incluso “expertos”, la consideran difícil de leer y, por lo tanto, esto pudiera requerir futuros ensayos.  También está diseminado en la obra de Erich Fromm y en muchos otros, entre ellos, los hebreos antiguos, quienes lo pusieron en boca, nada menos que de Dios: “No es bueno que el hombre esté solo.” Y aunque el contexto bíblico se refiere explícitamente a la mujer como compañera, por deducción, si aceptamos que está en la naturaleza de ella ser compañera, entonces es que, con más razón, tampoco es bueno para ella el estar sola.  Otros pasajes, independientemente de si son vistos desde una pespectiva religiosa o no, o sea, como mitos, apuntan a lo mismo, al hencho de que la relación humana es inherente a todos.  Un ejemplo más sería “amarás a tu prójimo …”.

[6]  Aunque es importante notar que este comportamiento no le nace voluntariamente, es decir, desde una posición de independencia.  Pues uno tiene que sospechar que la conminación bíblica, si pretende tener algún valor, tiene que estar dirigida a seres libres.

[7]  Fromm nos dice que el ser humano siente la necesidad imperiosa de transcenderse.  Y que si no puede crear, va a destruir.  Hay grados de destrucción.  Pero en última instancia, “if I cannot create life, I can destroy it.  To destroy life makes me also to transcend it.” (“Si no puedo crear vida, la puedo destruir.  Destruirla es otra manera de transcenderla.”)  Erich Fomm, obra citada, p. 37. 

 


Jesús Freire Álvarez nació en León, España (1942). Se doctoró en Literaturas Hispánicas en la Universidad de Iowa, en Iowa City.  En la actualidad es director de Language and International Trade, coordinador del programa de International Business y es catedrático de Lengua y Literatura en la Universidad Estatal de Nueva York en Oswego.  Ha estudiado en profundidad la filosofía de Martín Buber.  Sus múltiples conferencias han tenido gran demanda precisamente por el enfoque desde esta filosofía. Es especialista en Ficción Peninsular del Siglo de Oro, Teatro Peninsular del Siglo de Oro, Ortega y Gasset y Literatura Fantástica Latinoamericana. Sus conferencias y ensayos han sido publicados en revistas especializadas en estos temas. Ha pasado su juventud en muchos países.  Entre otros ha vivido en Colombia, donde enseñó en la Universidad Javeriana en Bogotá, y en Inglaterra y Francia.